Qué gran genio el líder que presumió de la fortaleza y fiabilidad de la banca española. Qué gran portento, similar o incluso superior al anterior, el otro líder, que, rompiendo su estrategia permanente de desgaste del gobierno, se sumó por única vez al grito a favor de la fe en la banca española. Qué gran presidente del Banco de España el que recomendó a diestra y siniestra reformas laborales, recortes estructurales, disciplinas varias y calvinismo a atroche y moche sin enterarse de que lo gordo estaba en su propia circunscripción, la que él consideraba ejemplar. Qué gran sabiduría la del coro de economistas, analistas y corifeos, los que estaban y los que vendrían, prestos a minimizar cualquier crítica a los usureros en aras del orgullo patrio de quienes identifican la ciudadanía con el hooliganismo. Qué grandes, dios, qué enormes, los banqueros que, como los más lúcidos profetas, reclamaban penitencias y sacrificios, renuncias a la aspiración de bienestar, para preparar al pueblo para la llegada del mesías que, aureolado por la sapiencia del viejo testamento de los mercados, habría de venir a  introducirnos en el reino posterior al juicio final. Qué ingenuos los que alguna vez, aunque sin confianza, alguna vez dudamos de si podían tener una pizca de razón.

¡Qué gran cagada!

Ahora resulta que a los ingenuos nos toca poner 62.000 millones. ¡Rediós!

 

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.