A Javier Marías se le reconoce el valor literario de sus obras de ficción y se le atribuyen méritos desiguales como articulista. Hay diferencias. No tan abismales como las que separan al Vargas Llosa novelista del Vargas Llosa comentarista político, pero sí evidentes. Al menos, para algunos que todavía distinguen, e incluso respetan, la libertad de la creación y la de expresión, reconociendo que las discrepancias serenas requieren atención y entendimiento .

Hace unos días a Javier Marías se le ocurrió afirmar, en el contexto de un artículo seriamente razonado (La peligrosa parodia, en El País Semanal), que a Marine Le Pen “no la ven con muy malos ojos el candidato Mélenchon, admirador confeso de Hugo Chávez, y Pablo Iglesias, ni la mitad de sus votantes”. Y afirmó más: que Podemos “es lo más parecido a la Falange desde que feneció la Falange: sólo le falta sustituir el vetusto himno de Quilapayún en sus mítines por el más vetusto Cara al sol, y le saldrá el retrato”.

Si el primer aserto contaba con algún fundamento que esgrimir en la polémica, el segundo parecía un exceso, sobre todo por lo referido al himno. Las descalificaciones e incluso algún vituperio surgieron sin intervalo.

Sin embargo, hay algo en este batiburrillo digno de consideración. Por ejemplo, las coincidencias entre el lepenismo y la Falange, movimientos patrióticos, cuasi religiosos, excluyentes, con cierta aureola reivindicativa en el terreno económico, aunque disconformes con el régimen en el que crecen y con el que están dispuestos a convivir; nacionalismo ultra, autarquía y xenofobia mezclados con propuestas económicas aparentemente distributivas. Se atisba también una cierta aproximación entre partidos extremos aparentemente antagónicos que se encuentran, sin embargo, en la descalificación de los términos medios e incluso del mestizaje, lo que permite entrever conexiones, limitadas pero verdaderas, como cabía intuir y como ratificaron los estudios de opinión franceses.

A Javier Marías le llovieron improperios, tal vez merecidos o razonables, aunque esgrimidos con tanta furia que acabaron hiriendo a los furiosos.

Quedaba en el fondo del artículo, aunque ajeno a los polemistas más encarnizados, un trasfondo complejo y alarmante, del que también se han hecho eco en estos días múltiples comentaristas. Soledad Gallego Díaz, con su proverbial mesura, califica este tiempo como el de la Normalidad de lo zarrapastroso, para concluir que “el Gobierno de Rajoy está poniendo en peligro las normas, reglas y patrones de una democracia que necesita que la defiendan”. Aquí no hay polémica, porque los que podrían quejarse prefieren callar, mirar hacia otro lado y proseguir su rumbo de fechorías.

Unas felonías sin propósito de enmienda. Lo explica Antón Costas, con un símil: La tijera de la pobreza explica cómo cuanto más se abren sus hojas, mayor es la herida que esas tijeras provocann. La distancia entre el filo superior, el que representa los ingresos elementales en declive, y el inferior, el del precio de la vivienda, anuncian un tijeretazo definitivo que sufrirán las víctimas de la crisis. Sin embargo, nadie acude a cerrar el arma que, de puro doméstica, sólo parece eficaz para segar lo más elemental, lo más necesario.

El debate e incluso las denuncias está en otros asuntos supuestamente más trascendentales. Y así nos va.

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