En una ocasión, después de hablar durante largo rato sobre los medios de comunicación en la sociedad actual (todo estaba demasiado mal, a mi juicio), concluí:

“No reniego de lo que he dicho.

“Pero tampoco de lo que hago.

“Empecé a ser periodista en la dictadura. O sea, que ya he echado callo.

“Pero no sólo es un problema de un caparazón duro o de cinismo. Sino de saber que existen vericuetos o entresijos que no se someten a las consideraciones generales. O que la gente tiene un sentido que le permite orientarse en las tinieblas, si alguien emite algún sonido diferente al ruido.

“Si hasta Dios para escribir derecho utiliza renglones torcidos. Es posible que una partitura tan catastrófica pueda esconder melodías estimulantes.”

Fue, por casualidad, en Mérida. Desde entonces, como poco, ando con esta cantinela. Y ahora que he encontrado un púlpito al que no he convocado a nadie… ¡Se van a enterar!

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