En estos tiempos ocurren cosas extrañas. Por el cambio de ciclo de los mayas, por el 13 del nuevo año o porque sí, ocurren cosas extrañas.

Al menos, eso parecen.

En el módulo de ingresos de la cárcel de Segovia hay un preso, Ángel Carromero, que en pleno invierno ha renunciado al clima caribeño por amor a su patria, en la que hace un frío que pela.  En otros casos, en circunstancias parecidas, la patria no se deja querer tanto.

En Galicia los caciques se reproducen por métodos naturales y, a partir de ahí, se los protege y se les reconoce el derecho de sucesión. Todo, con tal de preservar la especie. Si al consejero delegado del zoológico se le piden explicaciones, responde: “hoy vengo a otra cosa”.

Otra cosa es la de Telefónica, que promueve EREs que conducen a miles de trabajadores a la prejubilación o al paro pagados por todos, pero siempre encuentra hueco en la nómina para quienes acumularon poder y méritos en otros servicios inalámbricos. Se lo ofreció a socialistas desempleados (Narcis Serra, Javier de Paz o la esposa de Eduardo Madina), a peperos sin oficio (Eduardo Zaplana, Alfredo Timmerman o al marido de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría) o a allegados a la Casa Real (Iñaki Urdangarín, Alberto Aza o José Fernando Almansa). A todos ellos les funcionó el bluetooth interactivo: una conexión sin hilos que ofrece pingües beneficios a los que forman parte de la agenda de favoritos.

También los presos pueden favoritos, incluso de una expresidenta como Esperanza Aguirre. Eso le ocurre al tal Carromero, que se  ha visto obligado a aceptar un puesto interino en la cárcel de Segovia sin renunciar al puesto de confianza de asesor municipal  en la Junta madrileña de Moratalaz, a 60.000 euros al año, con derecho a fiestas y correrías automovilísticas hasta que aguanten los puntos del carné de conducir. A partir de ese momento el vehículo se alquila en el Caribe.

A Rodrigo Rato se lo ofrecen ora en el consejo telefónico de Europa ora en el de América Latina, con derecho a dietas y a 200.000 euros mensuales, que es menos de lo que cobraba en Bankia por amparar preferentes o llevar a la ruina a los inversores que confiaron en la salida a Bolsa de la antigua entidad sin monte de piedad. Es lo que tiene ser exministro, exdirector del FMI, expresidente de Bankia y lo que venga después, que este no pena. Al tiempo.

Carromero pena, pero menos: le van a rebajar la condena por la vía de los hechos tan pronto como acceda al tercer grado, recobre la pasta municipal y, si hace falta, recupere hasta los puntos carne de conducir. Es lo menos que le pueden ofrecer tras los méritos contraídos en su lucha contra la implacable dictadura comunista cubana, a la que ha conseguido desprestigiar definitivamente.

Eso ha dicho Esperanza Aguirre. Es tan malo aquel régimen que han encarcelado y culpado a Carromero por haber matado a dos disidentes, cuando, si hubieran sido liberales, deberían haberle dado un premio. Y todo, por no fijarse en el retrovisor, para ver cómo el partido comunista cubano en pleno sembraba baches para ver si se piñaban. Y lo consiguieron.

El Gobierno español no ha tenido más remedio que espabilarse y traerse a Carromero para acá, no fueran a proliferar tanto los socavones en la carreteras cubanas que, en vez de disidentes, tropezaran también los Castro mientras empujan la camilla Chavez. ¿Cómo nos lo explicaría Esperanza Aguirre?

Ella tiene fórmulas. Se pone naif y suelta cada una que acojona. Menos a Rato, que es su amigo y a Carromero, tan ingenuo.

Todo muy raro.

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