Hasta el teletexto de RTVE lo advertía: «¡Putas por España!».

Ahora, en serio.

La televisión pública atraviesa un momento crítico. En muchos lugares, pero, puestos a precisar, en España. Por múltiples razones. O si se quiere, por todas. La situación es crítica en cada uno de los ámbitos que se planteen: el estatal, el autonómico o el local; en el modelo, la financiación, la organización, los contenidos, la audiencia. Unos problemas que se acumulan sin que nadie proponga, en público o en privado, un objetivo, un plan, una estrategia o, siquiera, una escapatoria.

El problema clave, por su carácter global o porque aborda el fondo del asunto, radica en el modelo de televisión pública que se quiere en el estado (léase con mayúscula y con minúscula) actual. Sin embargo, el más urgente aboca a la financiación, una cuestión capaz por sí sola de acabar a corto plazo con el mismísimo debate acerca del modelo.

Pese a los numerosos recortes anunciados, en su mayoría frustrados, RTVE cerró el año 2012 con 130 millones de déficit, una situación prohibida por la ley en vigor salvo en muy determinadas circunstancias y que puede conducir al cese del Consejo de administración. No es lo peor de lo venido o lo venidero: el futuro plantea interrogantes aún mayores que el pasado. La principal fuente de ingresos de la corporación, la aportación obligatoria de las operadoras de telecomunicaciones, está pendiente de desaprobación (eso parece) por parte de la Unión Europea, lo que no sólo provocará una reducción cercana al 30 por ciento de la dotación anual sino que puede obligar a devolver lo pagado en ejercicios anteriores, aunque se espera que la resolución final del tribunal europeo puede sobrevolar tamaña obligación.

RTVE no tiene un presupuesto bajo. Puede resultar escaso, insuficiente o claramente inferior al de algunas, solo algunas, televisiones públicas europeas, y puede serlo respecto del modelo que ellas, también con apuros, mantienen. Pero no bajo. Sus 941 millones de euros en 2012 superan los gastos de cada uno de los dos grandes grupos audiovisuales privados que dominan la oferta televisiva española. Sin embargo, RTVE no ha sido capaz de ofrecer una alternativa ni organizativa ni de programación para rebajar su presupuesto. Mucho menos para afrontar un recorte presupuestario tan drástico como el que la amenaza. Si ese recorte se culmina, la televisión pública estatal pasará inevitablemente a una nueva vida. Hoy nadie sabe cual.

Las alternativas que se han barajado para resolver esta deriva resultan ridículas o absurdas. Por ejemplo, la vuelta de la publicidad. No sólo pondría en pérdidas a los operadores privados (lo que puede parecer un asunto menor, pese a sus repercusiones en el empleo, la precarización, ya alarmante, y la repercusión en todo el sector audiovisual, que también padece lo suyo) sino que tampoco aportará estabilidad al operador público.

En estos momentos, RTVE carece de cualquier posibilidad de generar ingresos comerciales suficientes para compensar la pérdida de la actual aportación de las operadoras de telecomunicaciones. La realidad es tozuda: el modelo actual de financiación, pese a los errores de planteamiento, a la falta de estabilidad que presagiaba y a la herida mortal que provocaba a medio plazo, ha sido una bendición para RTVE, si como tal se entiende el haber sobrevivido a una crisis temporal aún más grave. De haberse mantenido el sistema anterior de financiación, hoy RTVE estaría en quiebra o en concurso de acreedores: la reducción de los ingresos publicitarios la habría llevado a ese extremo. Sin pretenderlo, porque ese no era su objetivo, la ley que parecía abocar a la televisión pública al abismo la ha mantenido a salvo en estos años, ya más de tres. Si alguien pensó que la retirada de la publicidad (o mejor, la forma en la que se decidió) era un susto, el regreso de la publicidad es muerte. Y hay mucha gente interesada en que esta se produzca. ¡Ojo!

Otra vía, puesta en práctica de manera a veces obscena, consiste en forzar los ingresos comerciales más allá de los límites legales vigentes. Los actuales dirigentes de RTVE han optado por la chapuza, por provocar a la autoridad a taparse la nariz y los ojos y a los ciudadanos a aceptar el ejemplo de una institución pública que defrauda la propia ley, a la búsqueda de recovecos, forzando los márgenes y desatendiendo muchas veces los derechos de los ciudadanos, porque nada de eso se ha hecho en su defensa sino por el interés de quienes han recuperado el cortijo de la televisión pública. En esta ocasión señoritos con gomina, aunque titulados de funcionarios del Estado nivel 28, con oposición, chaqué e influencias, amén de amistades.

La financiación, pues, patas arriba, cuando no han pasado cuatro años desde que se introdujera el actual mecanismo y cuando no han pasado siete años desde que se trazara el plan de la nueva televisión pública, dependiente del Parlamento (una cuestión central que el anterior Gobierno se encargó de sortear para someterla a sus exclusivos afanes; a sus pies). O sea, todo un éxito de los estrategas y de sus saboteadoras, que de todo ha habido.

En esa tesitura cualquier a arreglo financiador afecta también a la organización, a los procesos de producción y, en última instancia, a los contenidos; o sea, al modelo de televisión pública que se desea o se puede mantener. Por eso carece de sentido soslayar estos asuntos. Ellos han determinado, no solo condicionado, la oferta publica real y ellos han llevado hasta la propia idea de la televisión pública a rastras.

Hay que afrontar el problema en todas sus dimensiones: por supuesto, la concepción del medio público como garante del derecho de los ciudadanos a la información, el entretenimiento y la participación, pero también

la eficiencia de los procesos de producción, la dimensión de la plantilla y su productividad, la oferta de canales y sus respectivos contenidos, la confianza de la audiencia –­ya sea por cuestiones relacionadas con la fragmentación o con la respuesta a la oferta que se plantea– y el valor diferencial de la oferta programática. Todo eso y más.

De todo ello se ha tratado en el pasado e incluso existen propuestas con las que aquí nos identificamos, aunque la modificación de determinadas circunstancias obligue a reconsiderar algunos aspectos de manera significativa. Y en cualquier caso, habrá que volver a responder algunas cuestiones centrales:

–      ¿Tiene hoy sentido una radiotelevisión pública?

–      ¿Merece la pena defender su existencia a la vista de lo que ofrece?

Quizás para llegar a ese punto haya que trabajar sobre otros supuestos. ¿En la sociedad actual todavía cabe defender un modelo público generalista de estilo europeo, al modo que aún mantienen, con sus propios apuros, casi todos los países del continentes y, entre ellos, el Reino Unido, Alemania, Francia, Italia? ¿O, ante el pleno desarrollo de la televisión privada, se debe propugnar un modelo específico y complementario, que se ocupe de aquello que los medios privados desatienden, aunque sea con un efecto ejemplificador o testimonial, al estilo de lo que ocurre en los países americanos y, en particular, Estados Unidos?

¿Una televisión pública con público, generalista, incluso con voluntad hegemónica, que, en competencia con los medios privados, trate de articular una propuesta de calidad e interés para la audiencia, u otra alternativa, incluso complementaria, que exponga su oferta en el escaparate para quienes busquen una opción diferenciada de los contenidos de consumo orientados al mercado publicitario, con los que se disputan la audiencia los tiburones audiovisuales? Cabe también la negación del valor actual de la televisión pública, porque mucho se ha hecho desde dentro de ella en pro de esa opción, aunque también mucho se ha hecho en su defensa.

No se persigue una decisión abstracta. No hay tiempo. Ni se puede negar la existencia de una oferta privada atenta en el ámbito del entretenimiento al interés de los espectadores, aunque siempre en función de la repercusión publicitaria. Ni se puede ocultar que, aunque hubo un tiempo en el que los medios privados buceaban en la experiencia de lo público, hoy parecen invertidas las posiciones en carrera.

Ahí estamos. Con todas las dudas, con la necesidad de algunas convicciones y la urgencia de una solución al gran sudoku, porque el tiempo toma partido por su cuenta y va decidiendo el resultado del encuentro. Durante demasiado tiempo una parte ha creído que el reloj no jugaba la partida.

Y en esa cuenta atrás, RTVE también vive bajo el síndrome Rajoy o su marchamo. Su rumbo no está en las estrellas ni el viento, sino en el plasma. De ahí, al pasmo…

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