No, no. La situación de RTVE no puede esperar más. Necesita un presidente con urgencia. Sin embargo, eso no legitima un golpe de estado.

Sí, sí. El Consejo de Administración que parió la ley vigente y que consagró el Parlamento en la anterior a la anterior legislatura es una rémora, un despropósito. Sin embargo, eso no legitima una salida por las bravas.

No, no. Ni siquiera en los últimos años la historia de RTVE  ha sido ejemplar. Sin embargo, eso no obliga a agostar lo que había generado de positivo.

Sí, sí. Que se acaben los consejeros con dedicación exclusiva, asistente, secretaria y conductor con librea. Sin embargo, si no se transforman las competencias del propio Consejo, eso sólo será un brindis al sol.

No, no. No vale cualquier cosa. Sin embargo, hay alguna imprescindible.

Sí, sí. La independencia del presidente es imprescindible, y para ello más vale el consenso parlamentario que una decisión gubernamental. Aunque no baste con lo primero.

 

Por partes. Una.

La búsqueda del consenso para la figura del presidente es imprescindible. Sin embargo, el plazo de 24 horas desde la primera votación, en la que se requieren dos tercios del Congreso para la elección, hasta la segunda, en la que basta la mayoría absoluta, sólo se puede interpretar como una vía para evitar ese consenso. O sea, para imponer desde el Gobierno al presidente de su gusto o a su antojo. Mala cosa para un medio de comunicación público. Y si éste ya se encuentra en situación crítica, peor aún, porque la medicina puede ser, y no involuntariamente, puro veneno.

Con qué rapidez se puede desbaratar lo que tanto tiempo se tardó en alumbrar: un modelo que favorecía, aunque no garantizara, la independencia, la neutralidad y, en consecuencia, la profesionalidad.

Sorprende que esta precipitación se justifique en el caso de RTVE, pero no en el del Tribunal Constitucional, el Defensor del Pueblo o el Tribunal de Cuentas, cuyos órganos de dirección está aún más caducos que el Consejo de Administración de RTVE. Mucho más. ¿Por qué será? La respuesta no parece demasiado difícil. Al Gobierno le preocupa más cambiar TVE que el Tribunal Constitucional. Algún mentecato, como el portavoz popular, lo ha dejado claro. Aunque sea aduciendo falsedades y mentiras.

Es cierto que la exigencia de consenso puede incitar la tendencia al bloqueo, como demuestra la situación de todos los organismos mencionados, pero RTVE fue en las legislaturas anteriores una isla que el cambio climático que nos asola desde el 20N acabará por unir al continente antes de ahogar definitivamente a la misma isla e incluso al propio continente. Por ahí vamos.

 

La otra parte.

El Consejo de Administración diseñado por la legislación en vigor se ha confirmado como una auténtica rémora para el funcionamiento de RTVE, un auténtico palo político introducido en medio de la rueda de un organismo que se pretendía profesional. Él tiene mucho que ver con el desgobierno de RTVE, con el boicoteo a las líneas marcadas por los presidentes que llegaron a través del consenso e incluso con las dimisiones de los dos presidentes reales que hasta ahora ha tenido la Corporación RTVE.

Es razonable, por ello, cambiar su estatus: suprimir la dedicación exclusiva y, en consecuencia, aunque de ello no se diga nada, suprimir la cohorte de secretarios, asesores, conductores, camareros, tarjetas de crédito y otras bagatelas que los rodean. Sin embargo, casualmente, todo esto se deja a su albedrío, lo que obliga a desconfiar de la seriedad de la propuesta.

Sin embargo, no es eso lo fundamental, sino definir y limitar las competencias de los consejeros. Sin esa modificación, que no se ha hecho, no habrá ni mejor gestión ni siquiera ahorro, porque ellos podrán imponer al propio presidente sus criterios e incluso sus emolumentos. Quien no lo crea así, desconoce lo que ha ocurrido en estos años.

El Consejo se configuró como un órgano político en el que residía el poder real de la Corporación. Por ello, los presidentes elegidos por consenso encontraron en él serias limitaciones para el ejercicio diario de su actividad e incluso para la dirección ejecutiva. Paradójicamente, los sucesivos presidentes actuaron en muchos casos significativos un contrapoder frente al frenesí controlador del Consejo. Un ejemplo tan solo: gracias al contrapoder ejercido por los presidentes, el afán del Consejo por controlar la línea editorial de los informativos se demoró más de tres años. Caídos los presidentes consensuados, lo aprobaron. Aunque salieran trasquilados.

 

En definitiva.

¿Por qué, entonces, las decisiones adoptadas son tan aberrantes e incluso despreciabes? ¿Porque las ha adoptado un mentecato o porque lo importante es lo que no se dice?

Cuando ya nada se espera, sólo queda el sentido pésame: RTVE, descanse en paz.

 

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