Empezó como un despropósito y siguió como un disparate. Cada nuevo paso suma en la lista de desatinos. Pura coherencia.

El casting público para la elección de presidente de RTVE, la sucesiva caída de los nominados, el reparto de competencias y de cuotas, la propuesta definitiva de consejeros, el jaez de algunos consensuados, la tramitación parlamentaria, el la votación que arruinó la salida pactada, los votos distraídos, el nombramiento de la administradora única. Un culebrón sin asomo de duda: inexplicable.

¿Quién propone? ¿Quién aconseja? ¿Hay alguien que sepa algo de lo que se trata? ¿O se pretende conseguir, sin que lo parezca, la identificación de la radiotelevisión pública con el absurdo? Hay tradición al respecto, pero ni Jarry ni Jonesco ni Artaud ni Genet ni Becket (solos o juntos) consiguieron llevar su teatro a este desiderátum.

No se debe olvidar que aquel teatro hablaba de la sociedad y del ser humano, de la comunicación y la angustia, de la perplejidad a que aboca un mundo sin respuestas. RTVE, visto así, se convierte en metáfora del vacío inexplicable que nos envuelve.

A este paso, desde una perspectiva más frívola y también más real el concurso para la elección del nuevo presidente, aunque sea un bodrío –hoy por hoy resulta difícil alentar otra expectativa–, parecerá un alivio.

Resultará difícil empeorar esta sucesión de dislates. (Podrían denominarse gatillazos, pero eso sería volver a las metáforas).

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