Por hache o por be, RTVE indigna. Por la cobertura del conflicto catalán y la de la huelga y las manifestaciones del 8M, por el tratamiento de las reclamaciones de los pensionistas y el de la desaparición y muerte del niño Gabriel, por las informaciones sobre el debate en el Congreso acerca de la cadena perpetua revisable y la utilización vil de las víctimas… Da vergüenza. Cada vez quedan menos motivos para defender la existencia de unos medios mantenidos con dinero público que defienden los intereses partidistas y manipulan el ejercicio profesional con criterios aberrantes.

En algunos de los casos relatados, es verdad, la actitud de TVE ha sido homologable con la expresada por, al menos, algunas cadenas privadas. A estas y a sus profesionales no se los puede exonerar de sus responsabilidades cívicas con argumentos empresariales; en primer lugar, porque las cadenas actúan gracias a una licencia pública y gratuita y, después, porque el derecho a la información al que con frecuencia acuden para demandar reconocimiento y beneficios genera obligaciones deontológicas.

Sin embargo, en el caso de los medios públicos no caben coartadas. Su razón de ser es inequívoca: garantizar la existencia de un espacio de comunicación libre e independiente. Una necesidad ciudadana fundamental, porque solo en ese ámbito y en esas condiciones se pueden desarrollar procesos democráticos y participativos. Por eso la vulneración de su razón de ser, e incluso un comportamiento laxo respecto de lo que debe interpretarse como un derecho colectivo, resulta despreciable.

Y ese ha sido el proceder de RTVE en todos y cada uno de los graves asuntos que la sociedad española ha vivido de manera intensa, racional y emocionalmente, en estas últimas semanas. En definitiva, ha sido una vez más fiel a su señor. Una vez más. Tantas que cada día caben más dudas sobre si esta televisión publica tiene remedio. A sus dirigentes no les importa. Su jefe no está en la calle.

(¿Tienen dudas sobre lo que aquí se afirma? Vean Informe Semanal. Las reflexiones anteriores se escribieron antes de la emisión del programa e incluso antes de conocer sus contenidos de este sábado 17 de marzo.)

Después de escrito lo anterior, El País publica un artículo de Soledad Gallego–Díaz, ¿Cómo pudieron confundirse?, que merece ser citado, siquiera como argumento de autoridad.

Y una vez visto Informe Semanal, nada más que reiterar lo anunciado. Simplemente, despreciable, que no deleznable, porque su poso permanece, embarra.

 

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