Los discursos del Rey no suelen concitar emociones. Tampoco interés. En alguna ocasión, un poco de curiosidad.

Las excepciones a ese común denominador de apatía se produjeron en la madrugada del 24F de 1981 –aquella vez le tocó al entonces rey Juan Carlos– y en la noche del 3N de 2017 –con el rey Felipe ante las cámaras– tras el pretendido referéndum catalán. La primera de aquellas citas aparece cada vez más cuestionada; la segunda lo estuvo desde el principio.

El discurso de anoche tenía todos los ingredientes para resultar irrelevante. Solo adquirió sentido cuando, al aparecer el Rey en la pantalla empezó a escucharse el ruido de cacerolas que reclamaba, por encima de otras cuestiones concretas –como el reintegro de las comisiones millonarias embolsadas por el Rey emérito– , un poco de decencia.

La cacerolada cobró mayor importancia que la perorata.

Vídeo de El Independiente

Con ese fondo musical el Rey se asomó a la pantalla, dio las buenas noches y empezó a hablar: “Permitidme que me dirija a vosotros, en unos momentos de mucha inquietud y preocupación por esta crisis sanitaria que estamos viviendo…”.

El Rey solo podía buscar palabras en la niebla y su voz, ante una audiencia extraordinaria, competía con el ruido de los balcones. Sobre todo, cuando el monarca apelaba a que «todos debemos contribuir a ese esfuerzo colectivo con nuestras actitudes y nuestras acciones». La ejemplaridad estaba en la cacerolas

El espectador atendía con desconfianza. El Rey parecía impasible y sobreactuado; sus manos se movían en busca de lo que las palabras no expresaban y la mirada delataba una rigidez sin empatía.

No importaba lo que dijera; por lo demás, absolutamente irrelevante. Su presencia tenía visos de impostura.  

Al alcanzar el párrafo central –“Estoy seguro de que todos vamos a dar ejemplo, una vez más, de responsabilidad, de sentido del deber, de civismo y humanidad, de entrega y esfuerzo y, sobre todo, de solidaridad –especialmente con los más vulnerables–, para que nadie pueda sentirse solo o desamparado”–, la irrelevancia derivó en falacia.

El ruido de las cacerolas, que había decaído con el paso de los minutos, resonó en los tímpanos de los espectadores.

No. No estaba el cuerpo para disquisiciones sobre obviedades. Al Rey se le pedía esta vez otra cosa. El ruido no admitía evasivas.

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