Macron tiene el don de la efervescencia. Tiene una enorme capacidad para el desconcierto. En una Europa presa de un largo letargo se ofrece como animador de un proyecto necesario. En su afán modernizador echa mano de recetas tan viejas como las que aplicó Rajoy en su reforma laboral. Un día hace concebir ilusiones y al siguiente decepciona. Trata de parecer espontáneo, pero no se mueve sin la compañía de su maquillador de confianza. Y pese a todo aquí sorprende por su capacidad de liderazgo, de iniciativa, de agitación. En la comparación, es cierto, le beneficia la otra parte, lo que tenemos a mano. O sea, que los méritos de Emmanuel son, en gran medida, los deméritos de Mariano.

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