Los militantes de Podemos merecen mucho respeto; su máximo dirigente, menos. ¿Fue esa la conclusión de Pablo Iglesias en Salvados, el programa de Jordi Évole, en el que el máximo dirigente morado se sometió a las opiniones de cinco miembros de su misma formación, moderados por el periodista? Tal vez sí, y algo más: pudo incluir también un homenaje al ausente más presente, al derrotado más vencedor (en algún momento del programa), a Íñigo Errejón.

Un dato: no fue un éxito de audiencia (al menos, en relación con las expectativas que genera Salvados), pero sí un programa muy digno de televisión: por el ritmo narrativo, por la tensión casi dramática de algunas fases, por la atención a las imágenes que alentaban el interés de los espectadores y, también, por la manipulación evidente e inevitable en cualquier evento informativo y, en concreto, audiovisual.

Pablo Iglesias naufragó durante los dos primeros tercios del programa y sobrevivió en el tercero, cuando, después de haberle cantado las cuarenta, sus antagonistas le ofrecieron una mano salvavidas aceptando algunos tópicos como signo de reconciliación. Así pareció, pero pudo deberse a otra razón: la secuencia del montaje definitivo pudo cambiar el sentido e incluso el contenido.

Han surgido críticas en torno al programa. Los afines a Pablo Iglesias reprochan en muchos foros la selección de los cinco socios del secretario general. Los datos de Vistalegre II no avalan como representativa de la militancia morada a la muestra seleccionada. Desde luego. ¿Pero se trataba de eso?

¿O fue un favor el que hizo Jordi Évole a Podemos al plantear el programa tal y como luego ocurrió? ¿Habría salido bien parado el partido si los cinco socios hubieran sido pablistas de pro? En ese caso, sí, Pablo Iglesias habría sonreído más y se habría compungido menos: “Llevamos tres meses siendo muy irresponsables”, “un momento tremendo para nosotros”, “me impresiona escucharos”, “me toca muchísimo, es un puñetazo que sentimos, que se nos nota”, “desde hace un año, cuando uno tocaba por un lado, el otro tocaba por el otro”… ¡Qué pena, qué mal fario, qué sino tan esquivo! Porque, poco después, sin abandonar el tono tristón y lastimero concluía: “No me arrepiento de nada”.

El montaje salvó al dirigente deprimido. En el último tercio del programa los podemitas sin cargo ofrecieron una tregua, creyeron en el arrepentimiento del jefe, tan compungido, e impusieron mayoritariamente su convicción en la imperiosa necesidad de Podemos; mayor, claro está, que la necesidad de Pablo Iglesias. Por eso, tras haber reclamado que el grito de “unidad, unidad, unidad” exigía la presencia influyente de Errejón, y no el fraude que le encierra en el estrecho claustro madrileño, callaron ante las medias verdades a las que se asió el líder.

Iglesias se aseó ridiculizando “convertir en un drama dónde te sientas o qué cargo tienes, si atrás o adelante”, pese a ser él responsable de la asignación de cargos y de asientos; proclamando que “nadie tiene que ser imprescindible” para eludir la obligación de integrar ideas diferentes a las propias; afirmando que “Podemos no puede ser la formación política de un grupo de colegas” para conjurar el fantasma de que ahora lo sea de otro grupo de colegas más sumisos; asimilando la nueva formación a una orquesta para justificar la exclusión del concertino o los solistas y el riesgo de entregar el trombón al contrabajo y la percusión al fagot.

En esa fase el tono melifluo de Pablo Iglesias solo se rompió para defender a Juan Carlos Monedero: ”uno de los más atacados, de los más valientes, de los más generosos; me enfada el linchamiento que está sufriendo; está bien un pepito grillo”. Habría resultado más creíble esa defensa si el “pepito grillo” no hubiera sido la voz beligerante contra los discrepantes del líder, su acompañante en los brindis de desprestigio contra quienes le disputaban la influencia intelectual o el ocultador de actividades poco edificantes a uno y otro lado del océano.

También recuperó el tono de voz para defender a Irene Montero con argumentos de muy distinta calaña; desde los peregrinos sobresalientes de su currículo hasta el irrefutable “separar lo personal de lo político” y el dudoso “esto solo se dice de las mujeres” porque para eludir las responsabilidades propias mejor no sacudir estereotipos peligrosos. Porque  las críticas no se dirigen a ella sino a él, no se dirigen a Penélope, aunque en su caso bien pudieran, sino a Fillon).

Pablo Iglesias, aunque en tono bajo, aseguró que las críticas en campaña de los suyos a Errejón fueron “completamente correctas”, aunque se le escapó la muletilla de la noche (“tienes toda la razón”) cuando le señalaron que el origen de la crispación estuvo en su propio bando. El vaso se colmó al suscribir los inequívocos elogios de sus interlocutores a Íñigo y al asegurar que “había mucha gente de Errejón que defendía dar un cheque en blanco al PSOE” para que gobernara con Ciudadanos. Sencillamente increíble.

Sin embargo, Iglesias se salvó del abrasamiento. Fundamentalmente, porque los cinco compañeros que acudieron al programa hicieron la mejor defensa posible de Podemos con su actitud crítica y su valentía para sincerarse ante el líder que no vacila a la hora de ejecutar “su” programa. Y, al final, con su firme confianza en el proyecto y, pese a ciertas dudas, en Iglesias.

En última instancia el líder carismático se salvó por el montaje. ¿Qué habría ocurrido de concluir el programa con la ronda de definiciones que los militantes ofrecieron sobre Íñigo Errejón y Pablo Iglesias, culminada con la referida al secretario general, sin duda desafortunada: “Corazón, pero le falta cabeza”?

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