Durante una reunión familiar, donde se daba por supuesta la comprensión e incluso la aquiescencia con las opiniones y los hechos que allí se manifestaban, alguien espetó de modo intempestivo:

– No sigáis por ahí o me veré en la obligación de denunciaros.

El exabrupto venía a cuenta de los comentarios de unos y otros acerca de cómo esconder dinero a Hacienda, de la manera en que cada uno de ellos lo hacía, del modo en que reducían sus impuestos por la vía de la ocultación o el exceso de deducciones.

Alguno de los familiares le insultó, otros callaron, porque no haría nada, solo le gustaba molestar. Él, sin embargo, quiso explicarse.

– A cuenta de lo que decís que hacéis, otros muchos pagan más de lo que debieran. Yo, entre ellos.

En ese momento, ya se sabe, surgen automáticamente críticas no exentas de razón a la acción del Gobierno, al escaqueo de los que más pueden, al choriceo de todos, incluidos los demás… Todos, menos ellos, por más que acabaran de confesar sus fechorías.

Acerca de eso escribe hoy Víctor Lapuente. O quizás no sea de eso, pero se le parece. Lo que dice da para pensar y, llegados al punto en el que estamos, para actuar. La cosa va de cowboys, espías informáticos y Bárcenas. Lo dice el título: John Wayne, Salander y España. Véase El País.

– El periódico. Al otro, mejor no mirarlo.

 

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