Hubo un tiempo en el que en las sedes de los partidos políticos se convivía y se discutía. Eran espacios democráticos. En aquella sociedad había otros.

A medida que el debate se trasladó de aquellas sedes a los despachos del comité central y la decisión final se sometió a la voluntad del líder y su séquito, las casas del pueblo o los batzokis se fueron convirtiendo en albergues de jubilados o pensionistas sin otro poder que la memoria, cada día más frágil.

En la sociedad actual el debate público se dirime en las tertulias, siempre al margen de la convivencia y el compañerismo. Territorio de charlatanes y supuestos intérpretes de oráculos y signos. Los ciudadanos se reconocen –o no, importa poco; lo son– como clientes o consumidores de eslóganes y siglas. El reclamo de la denominada democracia directa, una vieja idea revolucionaria reconvertida ahora con el mantra de las redes, esconde tras el voto de los afiliados y, a veces, de los simpatizantes la ausencia de discusiones y el exceso de confusión. Que parezca distinto, pero que sea lo mismo; Lampedusa dixit.

Mientras el debate resulte ajeno a la convivencia, cuestión central de la acción política; mientras sea un proceso unidireccional articulado exclusivamente a través de decisiones binarias, adhesiones personales o emocionales, la política servirá para ratificar o amparar a los que buscan el poder, pero no para transformar la sociedad y generar un espacio de concordia.

Sin debate público no cabe participación ciudadana y sin pedagogía no cabe el liderazgo. Esta sociedad está doblemente huérfana. Y sin rumbo.

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