Empecemos por el principio: “El libre albedrío siempre ha sido un mito”. Sigamos por el final: “Cuando uno se da cuenta de que ‘estos pensamientos no son míos, no son más que ciertas vibraciones bioquímicas, comprende también que no tiene ni idea de quién ni de qué es”.

En medio, lo que estamos descubriendo en estos tiempos. Por ejemplo, que los seres humanos somos “unos animales pirateables” no solo colectivamente sino también de manera individualizable, uno a uno, y que “el mejor método (para piratear el cerebro humano) es pulsar los botones del miedo, el odio o la codicia que llevamos dentro”. Porque si “los ordenadores se piratean a través de líneas de códigos defectuosas preexistentes, los seres humanos (se manipulan) a través de miedos, odios, prejuicios y deseos preexistentes”.

Conclusión: desde la perspectiva individual, “quizás necesitamos un antivirus para el cerebro”. Y desde la colectiva, (el liberalismo) “no está preparado para una situación en la que la libertad individual se socava desde dentro y en la que, de hecho, los conceptos ‘libertad’ e ‘individual’ ya no tienen mucho sentido”.

A partir de ahí surge otra duda fundamental: “si los seres humanos son animales pirateables, y si nuestras decisiones y opiniones no son reflejo de nuestro libre albedrío, ¿para qué sirve la política?”.

Todas esas reflexionan forman parte de un artículo admirable de Yuval Noah Harari, titulado Los cerebros ‘hackeados’ votan. Algunas pueden ser fácilmente compartidas. Por ejemplo, que el libre albedrío expresa una voluntad o una quimera en cada persona, fruto siempre de su pasado, sus orígenes, su genética, su educación, sus casualidades y hasta de un punto de azar que da cabida a lo todavía desconocido o innombrable. Y que expresa también una voluntad o una quimera en una sociedad fruto de la historia, la economía, los poderes reales, los saberes (ciertos o supuestos), la interdependencia.

Más que ser lo que somos, somos lo que podemos ser. Algun miembro de este Lagar reconoce en las redes sociales, cuando responde a una pregunta obligatoria (¿Quién soy?) de una manera inequívoca. “Eso quisiera saber yo. Y ya tengo edad”.

El problema nuevo, el que nos agobia ahora mismo, consiste en que a todas esas realidades complejas que fuerzan respuestas dependientes de múltiples factores externos se añade otra más: la intervención directa de alguien que, capaz de conocer cómo somos, puede gobernar nuestro comportamiento en función de estímulos ajustados a nuestras singularidades. Orwell anticipó en forma de distopía algo que se ha adelantado varias decenas de años en forma de realidad.

Solo la educación, la actitud crítica y la introspección, en lo personal pero también en lo público, pueden servirnos de alertas. Y leer opiniones como la de Yuval Noah Harari.

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