En mi infancia y en mi pueblo, hace mucho aunque no lejos, algunos curas okupaban el saber de las tradiciones locales para domesticarlas a su antojo en aras de una visión uniforme e inequívoca de la realidad. En aquellos momentos al sometimiento se le llamaba educación y a tales personajes se les tributaba el reconocimiento de su magisterio.

Luego he conocido a archiveros casposos que se arrogaban el saber exclusivo de las claves que permitían descifrar la historia y el destino de una ciudad a favor de su propio estatus y de algunas prebendas. En otros lugares han proliferado dentistas, escribanos e incluso peluqueros algo leídos dispuestos a guardar los arcanos de pequeñas sociedades a cambio de un prestigio que no les reportaba su condición de sacamuelas, copistas o barberos.

Hace unos días topé con uno de esos ilustres sucedáneos de letrados, al que, pese a su reputada condición de mandarín trapisondista, quise entrevistar, creyendo que tras su apariencia desaliñada y prepotente se escondían conocimientos ciertos y dignos de atención, tal vez por depurables. O sea, me entregué por unas horas a un cierto optimismo antropológico, confiada en la bondad natural del ser humano, y busqué la paz de la sabiduría escondida tras los epígonos rurales, pongamos por caso, de Íker Jiménez.

No fue fácil conseguir la atención del sabio hondo, ocupado infatigablemente en la búsqueda de la sabiduría y sin tiempo para su divulgación periodística. Eché la vista atrás recordando que me resultó más fácil conversar con García Märquez o Cortázar, con Vázquez Montalbán o Benet, con Severo Ochoa o Tomás y Valiente, con González o Ernest Lluch, incluso con Aznar, con Gorbachov o Mario Soares, con Forges o Guayasamín, con Serrat o Camarón, y eso que José Monge no estaba ni para estar…

Al final, lo logré. Distraje al docto ilustrado de su ensimismamiento y me entregué a su facundia sin pausa, que, al otro lado del teléfono, obligaba a descifrar expresiones y términos profundos e intrincados no siempre fáciles de entender y aún menos de transcribir. Fue por ello por lo que le ofrecí la posibilidad de que revisara mi texto, dada mi insuficiencia políglota para trasladar con rigor prosódico el dialecto neocateto. Un error de principiante de periodismo, bien es cierto, y una muestra de un indudable complejo de inferioridad ante el, quiérase o no, maestro de lo oculto y sus misterios.

Hubo que esperar a su tiempo hasta que encontré una respuesta decepcionante. Mi reproducción de la conversa no solo presentaba los temidos errores de la translación escrita de un idioma concebido para la oralidad sino que acusaba graves y abundantes errores conceptuales. Eso dijo y repitió. Me acordé de los cuarenta años de entrevistadora a mis espaldas, iniciados en las gradas del Calvario y atravesados por los ya mentados García Márquez, Cortázar y otros tantos transfigurados por obra y gracia de mis entendederas o de mis ignorancias.

No reclamé indulgencia, pues la estupidez no la merece, sino precisión para descifrar en dónde y hasta dónde había llegado mi torpeza. Mas no hubo forma de conocerlo. Su condescendencia le llevó a apiadarse de mí y a responsabilizar del desatino a su verborrea, y yo me consolé con que su tono carrasposo y cazallero tal vez se sumó a mi incuestionable sordera. Aun así le pedí alguna concreción. No la hallé.

Entonces recordé que en alguna ocasión anterior, tras haber aceptado la invitación a participar en una actividad que yo misma había promovido, rechazó la propuesta en vísperas del acontecimiento, al mismo tiempo que publicaba en la prensa local un artículo en el que se denigraba aquella iniciativa que obviamente él no había controlado. Volvió a hacerlo cada vez que le di o él mismo encontró alguna oportunidad. Recordé más tarde cuándo y cómo descubrí su existencia en una reunión de personajes, entre los que me encontraba, sacados de un catálogo de rarezas excéntricas y esotéricas: el ilustrado y sus palmeros, un pionero pánico –exnovillero y maratoniano–, tres druidas de la sierra y un hombre prudente, porque de todo debe haber incluso en un contubernio.

Entonces me llegó la revelación, el algo concreto que buscaba: la entrevista del disparate finalizaba con un guiño que yo pretendía cómico, puesto que su trasfondo resultaría imperceptible para los lectores. Definía a mi interlocutor como torrencial e insobornable, aunque en algún momento (tal cual) abonado a la hipocresía como valor social, pues sin ella la convivencia resultaría imposible; ni siquiera alcanzaría la condición de quimera.

El no podía soportar tamaña acusación. Expliqué que era una afirmación ajena a su voluntad e incluso a la verdad, aunque sólo corregible por mí misma, y en todo caso sin trascendencia. Pero él no estaba para bromas; quizás su hondura metodológica no se lo permita. Volví a recordar, pero no lo dije, cómo el mismo había puesto de chupa de domine durante la entrevista a un alcalde con nombre y apellidos y luego exigió que se retiraran sus largas acusaciones (a lo que accedí, gracias a mi sentido de la hipocresía social). Y recordé, por fin, pero tampoco lo dije, cómo, concluida la conversación telefónica, requirió que se retiraran los calificativos de politicastros, incultos e interesados referidos a todos los corregidores de los entornos conocidos y tal vez por conocer.

¿Cómo iba aceptar un prohombre de su patria recóndita aquella descalificación personal y, aún peor, la desvergüenza moral de conceder valor social a la hipocresía? Tenía razón. Me sentí, la verdad, después de ignorante, obscena. Después de cornuda, apaleada. ¡Te está bien empleado, por mema!

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