Lo podía haber cantado, pero sólo lo recitó.

El detalle, aunque a la carrera, en once palabras, sin entrar en razones, resulta inédito. ¿Cuántos políticos han pedido perdón por sus actuaciones manifiestamente equivocadas, ofensivas para los ciudadanos, reprobables e incluso repugnantes? ¿Cuántos? ¿Y cuántas veces ha habido motivos para que uno, otro, este, ese o aquel, lo hubieran hecho?

Lo ha hecho el Rey. Y al verle, daba pena.

A un político pillado in fraganti no le basta con pedir perdón. Se le exige que se vaya. Quizás por eso no acostumbran a pedir disculpas, a reconocer errores, a asumir en público deslices o traspiés. Para no tener que tomar el camino a casa sin indemnización por sus bien sabidos desvelos.

Y quizás por eso lo haya hecho el Rey. Porque él no se va a casa, no dimite, lo suyo es de origen, de nacimiento, y al adn no se renuncia. Mas, si es así, las disculpas no sirven, porque el error está en los genes. Y tal vez por eso a los ciudadanos ya no les baste ese rostro hinchado y lastimero, esa voz grave, adusta y gris.

Ha habido enormes elefantes que no vimos, demasiada caza que ignoramos, excesivos tiros al pie que no descubriremos: viajes, yates, amiguetes y gestiones a beneficio de inventarios ajenos al interés de todos. Por los que no se pidió perdón.

Y ha habido también un exceso de memez laudatoria –como aquel editorial de un diario nacional que proclamaba que “el rey no descansa, tan solo cambia de residencia”–, de actitudes lisonjeras, de exculpaciones imbéciles, de tanto olor a sándalo que ahora tememos que aquella intoxicación sólo tratara de esconder mierda.

Demasiado tarde: se ha quebrado la tontería y cabe la posibilidad de que solo eso baste para ocultar, si los hubiere, méritos y reconocimientos históricos, porque hoy es un clamor el lío de los viajes, la caza, los elefantes, las travesuras de los niños y el abuelo, pero también los correos electrónicos que ya descansan sobre la mesa del juez.

No están estos tiempos para confiar a ningún rey la hacienda y la vida. Porque el rey mintió cuando dijo que todos los españoles somos iguales ante la ley. Y por eso su arrepentimiento no cuela. Porque es tardío y suena a falso, a monserga, como suenan ahora los discursos de navidad. El día en que se descubrió la faz poco edificante de Urdangarín se puso en el disparadero a quien recomendó a su yerno el zulo de Washington para evitar la pestilencia. Bastó el descubrimiento de un par de desafortunadas coincidencias para destapar al encubridor.

Y ahora no basta con compungirse. Por casualidad o por méritos, hoy, este rey da pena. Tal vez ese sentimiento sea lo más grave. O lo peor. Porque son tantos los que se han ido de rositas, incluidos algunos de los que han azuzado la caza después de la cacería. O del tropezón.

 

 

 

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