La participación de los líderes políticos en la televisión –o mejor, en los programas que hasta ahora se consideraban propios del espectáculo televisado– invade los medios analógicos y digitales. De ello se ocupan desde Boris Izaguirre hasta Elvira Lindo, pasando por un buen número de especialistas del periodismo político. Aquí mismo hubo que tratar la cuestión, aunque fuera por iniciativa ajena.

“Las cadenas han camelado de tal manera a los políticos que los han convertido en sus empleados”, afirma la escritora que nos cameló con su legendario Manolito Gafotas. La frase nos recuerda el título de un largo artículo publicado hace más de cuatro años en este mismo lagar: La televisión en que vivimos.

La polémica anterior se superpone a otra cuestión. Los medios de comunicación y las redacciones de informativos en su conjunto deploran la incomparecencia de algunos líderes políticos en los debates electorales convocados desde diferentes ámbitos. El primero de los correspondientes a esta campaña se celebró en la Universidad Carlos III: ni el presidente del Gobierno ni el líder del PSOE, hasta ahora avalado como líder de la oposición, comparecieron ante sus respectivos atriles, dejando el espacio despejado para los dirigentes de Ciudadanos y Podemos. A los próximos debates anunciados tampoco acudirá Rajoy: ni al promovido por El País (otra vez el ambón vacío) ni al de Antena3, donde le sustituirá su escudera Soraya Sáenz de Santamaría.

Para algunos comentaristas esta situación revela la distancia que separa a la vieja de la nueva política; para otros delata la vocación fuguista de Rajoy y el despiste en que navega el partido socialista; para unos terceros… ¿No tendrá nada que ver con la decisión conjunta de los medios y la dirigencia política de cambiar el terreno de juego, de optar por la vía emocional y la del espectáculo para conseguir adeptos, en deslocalizar la reflexión política para esconder su inconsistencia o su banalidad, de asumir, en definitiva, una evolución de la que ni medios ni políticos (ni periodistas) son (somos) ajenos?

Los dirigentes políticos, de hecho, no se quejan de los cambios introducidos, sino de no ser invitados a ellos: Alberto Garzón protesta por haber sido excluido del espectáculo televisivo y Pablo Iglesias y Albert Rivera, por verse apartados de algunos de ellos (por ejemplo, En tu casa o en la mía, de Bertín Osborne), al tiempo que reclaman el mérito de ser los únicos que no rehúyen la confrontación directa sin limitaciones ni corsés.

¿Es tan distinta esa intromisión de la política en los espacios del espectáculo de la conversión del debate público en espectáculo? ¿Cuál de las dos vías resulta más asumible o más aberrante?

Los debates electorales comenzaron en España en 1993, aunque luego desaparecieron hasta 2008. Desde entonces hasta ahora, apenas han cambiado su formato, salvo en algunos recientes y de carácter menor, aunque en aquellos momento iniciales ya se sabía (empezando por los propios promotores, entre los que estuvimos, en ambas fechas) que la fórmula convertía la discusión en una sucesión de monólogos y en un esfuerzo por no perder, antes que por argumentar. Y sobre todo, un procedimiento tan rígido impedía una auténtica reflexión democrática.

El supuesto interés taumatúrgico de aquel símbolo del debate público, invocado por algunos, preservó su necesidad y permitió reanudar su uso. Sin embargo, había mucha ficción en el empeño. El fundamento de aquellos debates no se soportaba sobre el derecho de los ciudadanos a una confrontación clarificadora de proyectos o argumentos, de opciones ideológicas distintas, sino en aspectos ajenos.

Por eso, las televisiones privadas se interesaron por los “cara a cara”, negando el derecho de los partidos minoritarios y favoreciendo los intereses de los mayoritarios e incluso del llamado “voto útil” (otro concepto digno de reconsideración); la televisión y luego el resto de los medios buscaban dosis de espectáculo, de morbo y de conflicto, elementos ajenos al estricto debate democrático. A falta de otras honduras, la atención de los analistas se derivaba hacia las audiencias, las tácticas o los estilos de los contendientes y, en definitiva, a dilucidar el nombre del vencedor y el perdedor del combate, del pugilato.

Rebajado el símbolo de su poder taumatúrgico, los medios buscaron fórmulas para incrementar el espectáculo político y conseguir la atención de los espectadores. Los programas de cotilleo y los reality alentaron la jaula de grillos que ahora se denomina tertulia: la política había reencontrado su sitio. Sin necesidad de una dignificación de la actividad pública ni el incremento del interés general hacia ella, se había inventado el espectáculo televisivo y total, con muchos elementos del específicamente deportivos, y en este caso, para colmo, de muy bajo coste. A través de él surgieron algunos de los políticos de la última generación.

Los debates políticos que ahora se propugnan se corresponden en gran medida con esas categorías. El último, el de la Universidad Carlos III, contó con todo lo necesario: contendientes, mensajes que echar a la cara del contrario y a la de los ausentes, hinchadas para jalear a los púgiles; menos nueces que ruido. Y no las tuvo, porque no puede tenerlas, porque no se trata de convencer sino de conseguir adhesiones, de razonar sino de discutir, de comprender lo complejo sino de simplificarlo…

Aún así, es lo que nos queda. Y nos vemos en la necesidad de defenderlo.

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