Hay días en que los humanos sufrimos de melancolía; otros, de sensatez; en algunas ocasiones los ataques nos llevan a una moderación omnicomprensiva, próxima al “to er mundo e güeno”.

Quizás por esto último me han estimulado la mañana las respuestas de Meritxel Batet, la catalana que saldrá en el segundo puesto de la lista del PSOE por Madrid en las próximas elecciones, a las preguntas de Juan Cruz en El País. Su crítica a algunos hábitos políticos y periodísticos, su defensa de la complejidad y del respeto al otro, e incluso su miedo a ser engullida por el lenguaje de los de su oficio o especie… conmueven. No sé si por lo extraño o por lo ingenuo. ¡Qué bonito!

Luego, leo a Soledad Gallego Díaz, un modelo de serenidad y equilibrio cada vez que transcribe lo que ha pensado. Quizás en eso radique su prodigio: que antes de escribir, piensa, lee… Hoy alude a las revolucionarias reivindicaciones de los nuevos líderes que conmocionan al Partido Demócrata norteamericano o al Laborista británico: proponen lo mismo que hace cuarenta años reclamaran los dirigentes demócratas, laboristas o socialistas europeos de cualquier parte. Eso que ahora es la pera limonera. Del cambio climático nos enteramos mucho después (algunos todavía no lo han hecho) de que se produjera ese otro cambio que ha afectado sin excepción a las sociedades desarrolladas; el que las ha obligado a perder la esperanza.

Consuela Antón Costas, porque aún conserva la ilusión de Un nuevo progresismo. La crisis no ha sido una mera fase del ciclo económico, sino el agotamiento del modelo social en vigor. Y para superarlo propone los nuevos retos para reemprender el tiempo perdido. Estamos como en los años 70, pero sin las políticas que cambiaron la faz de los países desarrollados a partir de aquellas fechas. O sea que, a lo sumo, podríamos aspirar a alcanzar, tal vez, en algún momento, lo que quisimos creer que habíamos conseguido.

¡Qué estimulante!

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