Tiempo de verano: teatro clásico.

El Festival de Teatro Clásico de Mérida ofrece este mes de julio dos Medeas, un Edipo Rey, una Antígona, un Sócrates y hasta un César y una Cleopatra juntos, que miran a Alejandría, entre Roma y Egipto.

El hombre solo, la mujer sola, el ser humano en solitario frente al destino y los dioses, ante el poder y sus imposiciones. Ese es el territorio que exploraron Esquilo, Sófocles y Eurípides, cada uno de ellos más alejado que el anterior de los cielos y más enraizados en la tierra.

Veinticinco siglos después (poco más o poco menos) encontramos la misma realidad: el hombre, la mujer o la sociedad griegas frente al poder que los somete y condiciona.

En este momento la imposición última no llega de los dioses o el destino, sino de quienes acumulan el dinero e imponen sus reglas de uso.  No obstante, hay coincidencias: la dignidad se multiplica en las esquinas de Atenas, Tesalónica, Corfú, Corinto o Creta, representada por personas anónimas que gritan su impotencia y proclaman su decencia.

Existe también alguna diferencia: el poder político aparece representado por personajes mucho más mediocres y filibusteros que los clásicos, por gente sin brillo retórico ni emoción dramática, no importa si salidos de las plazas europeas o de la mismísima ágora que algunos próceres pretenden convertir en gallinero.

Mientras asistimos al debate y a sus truenos, mientras reclamamos mecanismos  para intervenir en la solución de estos avatares, nos queda el recurso de mirar hacia atrás, reflexionar, comprender lo que somos. Gracias a los griegos.

El gran teatro del mundo.

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