En este mundo y este tiempo se atiende más a la política que a la sociedad, a las movidas estratégicas que a los movimientos sociales. Los poderes efectivos y los medios imponen una mirada que invita a la mayoría de los ciudadanos a despiezar y debatir cada palabra e incluso cada gesto de quienes monopolizan y fagocitan el debate público.

Hubo una época en el que la filosofía establecía el horizonte y los estudios sociológicos iluminaban la reflexión política. Luego, aquella actividad se redujo al debate sobre los mecanismos más o menos eficaces para el ejercicio del poder; sobre estratagemas y alianzas. El pensamiento filosófico desapareció de la vida cotidiana, los sociólogos se transformaron en politólogos y las deliberaciones en disputas.

Unos y otros interiorizaron la importancia de la lucha por el control de la sociedad en detrimento de la búsqueda de las demandas colectivas, de las transformaciones sociales y de las expectativas de la ciudadanía. La política rebajó su catadura al nivel de un ejercicio más próximo al juego y a la intriga que a la organización de los recursos y las actitudes en beneficio del común.

En esa situación cada vez resulta más necesario el análisis de los movimientos sociales para forzar a la política a salir de su autismo, de su incapacidad para entender la racionalidad y sentir la emoción de una sociedad, pese a todo, viva o, al menos, superviviente.

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