El debate en torno a la negociación colectiva, el más amplio sobre  el acuerdo social e incluso el relacionado con el estado del bienestar conducen inevitablemente a la melancolía. No tanto  a la que abocan los esfuerzos inútiles como a la que se relaciona con la desprotección, con la ausencia de un armazón ideológico que, más allá de unos principios o valores elementales, sea capaz de soportar una estrategia social y política en su legítima defensa.

¿Por donde empezar? Tal vez, por un planteamiento, un oximoron contemporáneo: aceptar la derrota sin el desánimo del derrotado. A partir de la aceptación efectiva de la situación terminal de las viejas ilusiones de transformación del mundo y la sociedad, plantear una estrategia que reivindique los derechos de los desfavorecidos con voluntad de eficacia.

La carencia de rumbo de la izquierda, el vaivén desorientado de los partidos autodenominados progresistas, las contradicciones de unos sindicatos que defienden sus clases medias y sus aparatos funcionariales (dentro y fuera), el desconcierto de tantas organizaciones sociales a las que se debe atención aún en sus desaciertos (por el esfuerzo y la legitimidad de su resistencia) obligan a revisar todo lo que hemos arrastrado desde aquella vez en que lo dimos por bueno.

Ya no sirve. No porque lo inculquen las proclamas de los mercados, de las patronales o la lógica misma de un sistema que ha impuesto su ideología sin pudor, y sin oposición, sino porque todas estas organizaciones han sido sometidas y desactivadas; en el mejor de los casos, o en el peor, según se mire, parecen oposición, alternativa, instrumentos necesarios, pero pertenecen a la apabullante coherencia del otro bando. A lo sumo, colaboran en el disimulo.

¿Y cómo afrontar la revolución radical? Sin eufemismos, sin eslóganes, asumiendo la derrota. Hace unos días leí un comentario en este sentido de Manuel Cruz: De regreso al orden. Concluía:

Para todos los demás, son tiempos de derrota («el futuro al que deberíamos ser fieles es el futuro del propio pasado», ha escrito Zizek). La expectativa de que este mundo fuera capaz de transformarse desde dentro en el sentido de una mayor equidad voló por los aires. Los desfavorecidos que alimentaron tal sueño son juzgados ahora como unos pobres progres trasnochados (no se sabe por qué, el adjetivo favorito de los conservadores). Aunque tal vez peor suerte, si cabe, hayan corrido aquellos otros desfavorecidos que llegaron a creer en la posibilidad de que una supuesta meritocracia les permitiera medrar por su cuenta dentro del sistema, los que confiaron en salir airosos en la desigual batalla de la competitividad generalizada. Infelices: ignoraban que el individualista que vence es un triunfador, pero al individualista derrotado -máxime si viene de abajo- no le queda más estatuto que el de mero resentido.

Comentaba dos libros: Política del rebelde. Michel Onfray. Traducción de Marco Aurelio Galmarini. Anagrama. Barcelona, 2011.  Y En defensa de las causas perdidas. Slavoj Zizek. Traducción de Francisco López Martín. Akal. Madrid, 2011. .

Entendido.

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