Fernando Vallespín asegura que “la buena literatura suele expresar con mayor lucidez y profundidad lo que los filósofos o los teóricos sociales siempre tardan en vislumbrar. Quizá por esa capacidad suya para traducir fenómenos sociales objetivos en vivencias subjetivas de personajes sobre los que nos proyectamos con facilidad”.

Esta frase preludiaba un excelente artículo en torno a la crisis que vive el mundo occidental, que merece la pena tener a mano. Su reflexión se alimenta de La montaña mágica, de Thomas Mann, en los años siguientes al fin de la Primera Guerra Mundial, un tiempo que se empieza a asemejar al que ahora vivimos.

“Hoy, Occidente vuelve a tener su alma escindida. De nuevo estamos bajo la misma dialéctica, aunque ahora adopte nombres más acordes a la liviandad de nuestro espacio público. Los Anywheres contra los Somewheres de los que habla David Goodhart, por ejemplo —los “de todas partes”, los cosmopolitas, frente a los “de alguna parte”, los comunitaristas/nacionalistas—. O la distinción entre defensores de la democracia liberal frente al nacional-populismo; o los de la razón y la búsqueda de la verdad frente a los de la prioridad del sentimiento, del pathos; o privilegiadas élites sonámbulas frente a masivos enjambres inquietos. De vez en cuando asoma algún Settembrini simpático, como Macron, u Obama en su día. Aunque yo, al modo de aquel niño de la película El sexto sentido, veo Naphtas.

La reflexión evita la conclusión porque elige la opción personal, porque esa es la cuestión: “Si me veo obligado a tomar partido entre esos dos extremos, yo prefiero la ligereza y “superficialidad” de un Settembrini a todo el peso místico-religioso-revolucionario de un Naphta. Al libre sujeto individual que a las comunidades de destino. Y eso ni me hace menos emocional ni me convierte en un apátrida”.

 

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