La fiesta nacional fue durante mucho tiempo una reminiscencia patriótica del imperio español: la fiesta de la Conquista, la del Descubrimiento, la de la Dictadura.

Concluido aquel periodo, sin renunciar a nada de lo anterior porque así se impuso o se consensuó, la fiesta devino en militar. (Es verdad que también los franceses desfilan el 14 de julio, pero aquel ejército participó en la lucha contra la ocupación y el hispano se vio enredado durante demasiado tiempo en el 23F).

Tras el encarnizamiento nacionalista entre los otros y los otros (sin sitio para el nosotros cuando las ideologías sentimentales se imponen), el símbolo de la bandera envuelve a la reacción y a la demagogia. ¡A ver quién la tiene más grande!

Superado el canto integrador de Carrillo, Aznar reflotó el sector textil a base de gallardetes colonizadores, Pedro Sánchez hizo apología de la unificación a través del tamaño, los independentistas catalanes batieron el record guiness de banderolas per cápita y Rajoy ha acabado con la monserga a base de leds, que es la modernidad aplicada a la caverna y al escalofrío.

Véanse dos ejemplos:

Para colmo, aprovechando el día de la raza (¿seguirá siendo eso?) el presidente del gobierno de todos los españoles se ha largado un artículo prolatino enternecedor. Nada que ver con Donald Trump, aunque, es verdad, ambos han estado a favor de recortar derechos de los inmigrantes y ambos los aguantan siempre que sea en condiciones precarias. Pero no caben más comparaciones: Trump es coherente con lo que piensan cuando se aproximan las horas de votar y a Rajoy se le aflojan las meninges: sufre de ternura, sin ninguna vergüenza.

Otra diferencia: Donald Trump no tiene imitadores que mejoren su trompetería sobre el estrado, mientras que Mariano Rajoy mejora la dicción cuando otros escriben por él.

En ese contexto, ¿qué falta hacía un alcalde dispuesto a explicar el significado de la  fiesta?

En este contexto, claro,la fiesta se convirtió en un culebrón.

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