Tras la alegría del día después de la moción de censura asoma el verdadero panorama. El que rebosa de preguntas propias y de olor a podrido ajeno.

¿Qué podrá hacer, de verdad, el gobierno Sánchez? A día de hoy tiene todo por demostrar. Es muy probable que ni siquiera cuente con presupuestos de los que tirar. El PP hará un último favor a España y, modificando las cuentas del Estado en el Senado, abocará a la desestabilización que decía temer y que, en realidad, ahora solo quiere propiciar.

¿Cuáles pueden ser los objetivos del nuevo ejecutivo? ¿Corregir algunos artículos de la Ley Mordaza?¿Un par de decretos-ley a favor de la igualdad de hombres y mujeres? ¿Abrir mesas de trabajo con los agentes sociales y con colectivos especialmente castigados por la crisis? ¿Anunciar buenos propósitos en materia de educación, sanidad, dependencia e incluso pensiones? ¿Algún brindis barato?

El bloque que surgió de la profunda y merecida aversión al PP y a Rajoy parece abocado a una interinidad entre el querer y el no poder, y su mayor virtualidad quizás consista en explicar a la sociedad lo que se podría hacer si las próximas elecciones fueran propicias. No sería poco, aunque en ese empeño chocarán con la máquina de impudicia y fango en que los populares suelen convertir su ejercicio de oposición.

¿Entonces?

¿Poner un nuevo presidente al frente de Radiotelevisión española? Ese era el cabo más firme al que se asían los representantes del PSOE, Podemos y alguno más cada vez que se les forzaba a expresar alguno de los cambios imprescindibles y posibles en esta nueva etapa. Ese es el último bastión alcanzable, el símbolo de este periodo. ¿Cierto?

Para empezar, el presidente en ejercicio de RTVE, a tres semanas de su cese –por fin de mandato, no por cuenta del nuevo Gobierno–, ya ha dejado hipotecadas las arcas de la radiotelevisión pública: Ha destinado 80 millones de euros para contratar los programas que los españoles veremos cuando él ya no esté. Todo un ejercicio de “respeto”.

Si se designara un nuevo presidente para los próximos meses, haría bien el elegido en remover todas las alfombras para descubrir lo que estas contrataciones encubren y, a ser posible, mostrar la sociedad acumulada bajo las esteras. ¿Algo más?

¿Con qué consejo de administración contará el nuevo presidente? Porque, con la correlación de fuerzas del actual Parlamento, ¿ese consejo animaría los cambios o se convertía en una rémora insuperable? Así ocurrió, por ejemplo, en no pocas ocasiones durante los que muchos reconocen como los mejores tiempos de la susodicha RTVE.

¿Con qué presupuesto va a contar la corporación? No se olvide, por ejemplo, que a base de recortes el ministerio de Hacienda –entonces del PSOE– agostó aquel periodo “ejemplar”. ¿Podrá cambiar a los responsables de informativos?

Con la actitud que anuncia el PP, temamos lo peor; la ahora oposición ha elegido morir matando. Cualquier pequeño avance de la radiotelevisión pública durante la inédita “mayoría del no” requerirá sangre, sudor y lágrimas…

¿Cómo librarse de este asedio? Para empezar, haciendo visible ante la sociedad la profunda deslealtad de quienes la han gobernado en este último periodo… sencillamente repugnante; es decir, una etapa que genera asco.

Con ese estómago, al borde del vómito, habrá que digerir la nueva situación.

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