2. La churrería

 

Esta mañana, camino de la churrería, cita habitual tras la compra del periódico en los días de fiesta, he escuchado en la radio un debate entre tertulianos acerca de algo que ahora mismo no recuerdo. Suelo prestar escasa atención a esos comentarios, pero no acostumbro a cambiar el dial de la radio en los trayectos cortos; me aguanto con el infortunio de algunas fidelidades radiofónicas.

Ahora, tras un esfuerzo que, cuando la memoria encalla, suelo realizar como gimnasia, o tal vez como conjuro, contra el alzheimer, lo recuerdo. Hablaban del efecto Rubalcaba, tras su designación como vicepresidente primero del Gobierno, amén de portavoz y ministro de Interior, aunque eso ya lo era antes de su reciente ascenso.

Todos parecían contentos. El patio político se había animado, decían. El PSOE había recuperado agresividad, el PP había vuelto a los viejos fantasmas, el periodismo se había hecho aún más de batalla. ¡Viva el circo!

Los alrededores de la churrería estaban, como siempre, repletos. Hoy mucho más que en las últimas semanas. Quizás porque hoy era una hora más tarde de lo habitual y debía haber muchos que no habían podido disfrutar de esa hora más de sueño o no tenían nada que hacer en la cama durante ese tiempo. Entre el aparcamiento y el establecimiento he cavilado.

¿Será por eso por lo que últimamente me da por defender a Zapatero? Tal vez sí. Porque en este país, o en este mundo, donde nunca se habla de política sino tan sólo de la lucha por el poder –asuntos que para muchos son lo mismo, y tal vez tengan razón­–, al decaído Presidente del Gobierno de vez en cuando se le ha ido la pinza y ha estimulado debates que tienen que ver con la manera de resolver los problemas de los ciudadanos. Es decir, con cuestiones políticas.

No, tampoco se ha prodigado mucho. Tampoco ha planteado tesis memorables. Tampoco ha mantenido criterios sólidos. Pero sus devaneos, sus contradicciones, sus ocurrencias o sus cambios de parecer merecían debates más complejos que el desprecio.

En las últimas semanas, es verdad, me siento más condescendiente con Zapatero. Antes le acusaba de iluminado. Ahora le defiendo precisamente por eso. ¿O es que está mal contradecirse en este mundo en el que sólo tienen razón, alguna vez, los que apenas consiguen orientarse en medio de las turbulencias que otros provocan? ¿O es que sólo estamos dispuestos a darle la razón a quienes alientan las turbulencias? ¿Por qué no al náufrago que chapotea en medio de las olas? Como casi todos.

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