Donald Trump le cuenta a Theresa May en su primera entrevista en la Casa Blanca las muchas dificultades que tuvo en el pasado con la burocracia de la Unión Europea; él la llama El Consorcio.

Durante las dos últimas décadas, al menos, en la UE se han echado en falta acciones y liderazgos prestos a gobernar el poderoso artefacto económico generado. Los muchos y dispares intereses lo dejaron al albur de sus manipuladores. Para salir de ese atolladero hacen falta avalistas.

Donald Trump y Theresa May son, en este momento, la última esperanza de la UE. A la vista de la amenaza que ellos blanden o se sale del letargo o la utopía europeísta habrá fracasado. ¡Qué paradoja: Trump May! ¿De veras?

De cualquier cosa, menos de broma.

Este tipo miente, pero no engaña. Desvirtúa o falsea lo que pasa, pero cumple lo que proclama. Es Donald, animal y bípedo, no es de Disney, tampoco acuático; tira al monte, está asilvestrado, salvaje; aunque también muy conservador, no es de Disney. En sus primeros días como presidente, ni siquiera una semana, “ha retirado a EE UU del tratado comercial con el Pacífico; ordenado la construcción del muro en la frontera con México; bloqueado fondos federales a las ciudades que considera “santuarios” de inmigrantes; resucitado dos oleoductos que estaban frenados por razones medioambientales; prohibido financiar el aborto en el extranjero; y eximido a los Estados de cumplir con el Obamacare”.

Sin embargo, cuando Trump reitera la utilidad de la tortura (“Creo que funciona, lo he dicho durante un periodo largo”), dan ganas de aplicarle el cuento. Si en su caso funcionara, podría ser útil para el mundo.

No lo haremos.

 

 

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