Hace unos días encontré en un suplemento cultural la crítica de El monarca de las sombras, la última novela de Javier Cercas. Inmediatamente acudí a la librería para comprarla, pero no fue posible.

No creo que haya salido, me comentó una chica al parecer entendida y en cualquier caso amable.

He leído la crítica.

Ayer no había llegado. Si hubiera salido, ya habría venido mucha gente preguntando, añadió mientras consultaba el ordenador.

Sale el día 16. El jueves próximo.

Me explicó que las editoriales entregan a la crítica el equivalente a las antiguas galeradas con antelación suficiente y fecha de publicación convenida para generar un ambiente propicio para la puesta de los ejemplares definitivos a la venta. Lo sabía, pero en estas circunstancias soy ansioso o caprichoso.

En el lugar preferente de mis estanterías guardo los libros de mis autores predilectos. Ahí está Camus –con las obras completas que me regaló mamá–, García Márquez, Cortázar, Borges o Vázquez Montalbán, del que leíste alguna novela de Carvalho que te presté.

Ahí están, entre los vivos y entre los extremeños, Javier Cercas, Landero, Hidalgo Bayal y Álvaro Valverde, a cuya familia, estoy seguro, conociste. El día que me fallen, me divorcio, pero hasta entonces, los recibo con la pasión de un amante enardecido. No te asustes, papá; en estos casos se admiten esos comportamientos, la poligamia y la concupiscencia literarias aún no son pecado. Y el divorcio, tampoco; pero de eso ya hablaremos otro día.

Así es que, antes de las 10 de la mañana del jueves convenido por el interés de la editora, ya estaba a las puertas del centro comercial. La novela se encontraba en el expositor de las últimas novedades, junto a lo más reciente de Vila-Matas y McEwan. Me llevé a los tres. A fin de cuentas había estado a dieta de lecturas literarias para entregarme con furor a El monarca de las sombras. El sábado por la mañana me puse a escribir mi propia crítica, después de haber dado vueltas durante varias horas a la noria de mi propia interpretación de un relato leído con emoción y ansiedad.

El protagonista de la novela se llama Manuel Mena y Cercas dice que era su tío abuelo, pero, ¿sabes?, a mí me parece que el original se llamaba Leo y sus amigos le decían Cayito y lo sé porque ese era mi padre. Eres tú, te lo aseguro. Manuel Mena se fue a los diecisiete años a la guerra dejando a su familia desconcertada y aterrada. Tú hiciste lo mismo a los dieciséis. El partió de Extremadura, desde Cáceres, y acabó en el frente del Ebro. Tú también. El estuvo en el bando nacional porque le rodeaba una mística de justicia social y de épica. Como tú. El participó en batallas cuerpo a cuerpo y acabó destrozado porque pudo conservar la ingenuidad en mitad de la barbarie. El siguió en el frente para librar a su hermano de la muerte. Todo esto lo hiciste y lo viviste tú. Y luego callaste como calló la familia de Manuel Mena. El murió a los diecinueve años y tú…

En eso, sí, sois diferentes y por eso, a partir de ese dato, me pareció que el protagonista del libro se convertía en un personaje de ficción, porque el real eras tú. No podía ser otro. Pero tú seguiste hasta los 21: no solo soportaste aquel tiempo inhóspito sino que lo prolongaste por si hacías falta en la estepa y en las nieves de la Rusia sin Dios. Prolongaste la contienda dos años más en las filas de la División Azul, , en permanente estado de alerta y generala, aunque sin salir en ese tiempo del cuartel. Sé que gracias a eso estoy aquí. No cabe duda.

Manuel Mena, concluye Cercas, participó en el bando vencedor, pero perdió la guerra. No cabe discusión: murió. Estuvo en el bando equivocado, pero moralmente nadie se lo puede reprochar ni nada le puede ser reprochado. Se dio cuenta del sinsentido de tanta crueldad antes de que una bala le atravesara la cadera y se alojara en su estómago; antes de que falleciera en la sala de espera de un hospital de campaña. Tú también estuviste en el bando vencedor, pero, con el paso del tiempo, bajo el peso abrumador de lo que aquella guerra alentó, acabaste inseguro, desalentado, perdido. Ganaste la guerra, pero perdiste la vida. Lo supiste. Y me lo hiciste sentir. Estabas tan herido que quisiste morir. Y moriste. Así, fracasado, porque realidad te había llevado al bando contrario del que anhelabas cuando a los dieciséis años te marchaste a la guerra, al frente equivocado, no tanto por su ideología o sus convicciones como por lo que generó, por lo que hizo con vosotros, con los otros y, sobre todo, con lo que nosotros, tus hijos, heredamos. Te sentiste acusado y, tal vez, culpable.

No lo eras, papá. Manuel Mena, ¿sabes?, nunca fue franquista; falangista, sí, tal vez encandilado por la verborrea lírica de un nacionalista de clase acomodada que envolvía sus afanes totalitarios en vindicaciones socializantes. Su familia, la del protagonista de Cercas, aceptó el régimen. Su abuelo fue el primer alcalde franquista del pueblo. Algo muy parecido ocurrió con tus hermanos. Tú mismo fuiste concejal en Plasencia. Los Mena o los Cercas preservaron a sus hijos de las organizaciones asociadas al régimen. Tú también, te negaste a enviarnos a la OJE, aunque así te lo reclamaron personas muy cercanas. Ellos y tú rodeasteis para siempre aquellas tremendas vivencias en silencio. Mejor callar. Para no decir la verdad, para explicar el miedo, para no estimular a los gusanos que te iban comiendo por dentro.

– ¿Y tú, papá, tenías que disparar tiros en la guerra?

– No había otro remedio.

– ¿Y mataste a alguien?

– A nadie. Yo apuntaba hacia arriba.

Eso era todo, cuando alguna vez te preguntamos, las pocas veces en que se hizo visible el pasado. Siempre y solo, el silencio o, acaso, una imagen para explicar el espanto. Recordabas que una vez, creo que fue precisamente durante la ofensiva del Ebro, llegasteis muertos de hambre a un pueblo abandonado. No encontrasteis víveres, pero sí una bodega. Con los cazos o los enseres que tuvierais os lanzasteis a una tinaja enorme. Hasta que antes de que el vino pudiera hacer algún efecto descubristeis que aquella vasija y aquel líquido oscuro escondían a un hombre encogido y aterrado: muerto. De miedo. El que tú nos trasladabas para que huyéramos de aquellas cavilaciones, de la épica que ensalza a la muerte.

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