El señor CH dictó su testamento:

“Ruego a todos los que no me conocieron que se abstengan de emitir comentarios sobre mi vida tras mi muerte.

“Ruego que se eviten especialmente los juicios elogiosos. En especial, reclamo a mis deudos, si los hubiere, que denuncien de manera implacable los tópicos mortuorios, que solo se sustentan en la ignorancia de quienes los proclaman y en las sospechas que merece el muerto.

“Ruego, pues, silencio; reducir las palabras a las imprescindibles para aventar las verdades que en estas ocasiones se suelen calificar de inoportunas.

“Y ruego a los amigos, en fin y sobre todo, que se opongan a cualquier celebración funeraria: no podría soportar verlos juntos sin poder darles un último abrazo”.

Dicho lo cual el señor CH se desdijo de lo que había dictado.

“Que hagan lo que le salga del coño. O de los cojones, para evitar discriminaciones. En ese trance, me va a dar los mismo”.

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