Hace algunos meses coincidí con María Sánchez en una mesa redonda, en Montijo (Badajoz). Se hablaba allí sobre cuestiones relacionadas con el mundo rural: la despoblación, la pérdida de identidad o la falta de atención por parte de una sociedad eminentemente urbanita y desarraigada. Al mismo tiempo, se trataba de la oportunidad abierta en el ámbito económico, social y cultural a raíz de algunos libros y reportajes, de ciertas reivindicaciones y de un cambio de tendencia que obliga ahora a mirar en dirección a la naturaleza y a la ecología; es decir, a ocuparse de lo que hasta hace bien poco los sectores dominantes decidieron ignorar. No es que todo haya cambiado de repente y de raíz, sino de que, al menos, existe una posibilidad de someter esas cuestiones al debate ciudadano.

María Sánchez es veterinaria, hija y nieta de veterinarios; ganadera, poeta, feminista. En la conversación que mantuvimos dio sobradas muestras de conocer la realidad que ha elegido –en parte, por tradición, pero, sobre todo, por una firme opción personal– y de haber articulado un análisis inteligente sobre la situación de su entorno y sus expectativas. Por eso, acudí presto al reclamo de su libro Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019).

Lo dice el subtítulo de su obra: “Una mirada íntima y familiar al mundo rural”. Ahí están la memoria de su infancia y su juventud (la vida no le ha dado para más), algunos personajes que la marcaron, las experiencias de la vida rural y ganadera, el contrapunto de sus lecturas, la poesía que exige su mirada y una reivindicación sólida e insistente del mundo rural, muchas veces ninguneado, y del feminismo, justamente en el entorno donde la desigualdad de género se suma a la que impone ese espacio agrario y pastoral.

El libro rebosa sencillez y pasión, dos virtudes que pueden tropezar con ese tono elegíaco que con frecuencia se precipita sobre lo que parece a punto de desaparecer. El tono resulta elemental y sincero, porque la autora escribe de lo que siente. El ensayo se entrevera con notas personales. Y el conjunto se digiere sin complicaciones, con el aval de la oportunidad de dos cuestiones que han irrumpido con fuerza en la agenda pública: el mundo rural y el feminismo.

Esa doble perspectiva tal vez sea el elemento más singular del planteamiento. La doble desigualdad que Tierra de Mujeres denuncia no admite réplica. El valor de la obra queda probado. Los aspectos formales de la narración o la argumentación, el carácter melancólico que a veces impregna la mirada del medio rural o la confluencia del relato emocional y el alegato se supeditan a aquel empeño.

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