Resultan especialmente repugnantes los dirigentes políticos que inducen a sus ciudadanos a situaciones imposibles o a objetivos irreales. Son por ello repudiables.

Cuando la ciudadanía no advierte el engaño de sus dirigentes, está indefensa; cuando no sanciona su falsedad, se hace cómplice de la mentira.

El Gobierno español y el Govern catalán han conducido como suicidas: uno, dormido; el otro, borracho.

Las apelaciones al diálogo son hermosas, indiscutibles. ¿Pero en qué consisten? Pueden resultar vanas. ¿Cómo darles consistencia?

Se tienen que sustentar en el Parlamento español y en el catalán; en la legalidad de hoy y en la que pueda venir.

Requieren ciudadanos: informados, críticos, solidarios. Dispuestos a levantar calles peatonales, plurales, convivibles, ajenas a la tensión y al ruido de los motores.

¿Con mediadores? Si se acepta su transitoriedad y sus límites, su responsabilidad ante la sociedad y sus instituciones.

¿Y luego? Convendría alimentar en el presente a los mediadores del futuro, los que anteponen esa voluntad al éxito. Conviene que no perezcan en el primer asalto, porque este desencuentro no terminará mañana.

Por eso el diálogo requiere otro talante y otros impulsos. Y una nueva ciudadanía, de personas, sin trapos sucios por bandera.

Asusta Rafael Mayoral cuando anuncia la suspensión de la democracia y el estado de derecho. Asusta cuando prevee el fin de la las libertades que disfrutamos, lo dice él, desde hace 40 años. Asusta cuando asume la posibilidad de una declaración unilateral de independencia. Asusta cuando dice, sin más, que es normal que en épocas de inestablidad las empresas se estén yendo de Cataluña. Asusta cuando denuesta la democracia de estos 40 años. Asusta.

¿Tendrá que ver su apellido con sus actitudes?

¿Será por eso por lo que ahora Pablo Iglesias anda de sacristía en sacristía?

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