A propósito del libro, del mismo título, de Luis Gonzalo Segura

Con varios miles de ejemplares vendidos en un par de meses, la obra del teniente Luis Gonzalo Segura, publicada por Tropo Editores, va alcanzando la difusión que merece, a pesar del ostracismo al que tratan de someterla los medios de comunicación oficiales u oficialistas. Cuenta el autor en este testimonio novelado algunas de las trapacerías, corruptelas y auténticas corrupciones que anidan todavía hoy en un estamento como el militar, dotado de su propia ‘justicia’ –es decir, ajeno a la justicia normal que afecta a todos los ciudadanos, sea ésta buena o mala­–­ y donde la jerarquía suele ser un escudo contra cualquier tipo de denuncia o simple cuestionamiento.

A quienes conocimos por dentro las miserias del ejército franquista nos cuesta trabajo imaginar que todavía hoy, a cuarenta años de la muerte del dictador y después de determinados esfuerzos por modernizarlo ­–sería injusto olvidar la labor ejercida durante la transición por los generales Díez Alegría, Gutiérrez Mellado y algún otro alto mando, frente a la cobardía o la ineptitud de los ministros del ramo, fueran del partido que fueran–, sigan produciéndose con aparente normalidad situaciones irregulares, poco éticas o abiertamente delictivas como las que refleja Un paso al frente. Libro mucho más valioso, todo hay que decirlo, por lo que cuenta que por cómo lo cuenta.

El propio autor reconoce en el prólogo sus dificultades para poner negro sobre blanco de una forma ‘literaria’ lo que quiere describir. De hecho, la elección de algunas expresiones, las descripciones más ficcionalizadas –como las peripecias en la guerra de Afganistán, las aventuras amorosas de algunos personajes y el final desmesurado y en exceso fantasioso–, así como la estructura argumental a base de saltos temporales, quizá para hacer más patente el proceso de toma de conciencia del protagonista, no responden a los cánones habituales en la materia. Pero es evidente que en este caso la escritura no es en absoluto un fin en sí misma sino solo un medio para exponer lo que durante tanto tiempo ha herido profundamente a alguien que creía de verdad en el servicio público a través de las fuerzas armadas de un país considerado democrático, si es que tal cosa tuviera algún sentido, y se vio decepcionado al conocer por dentro su funcionamiento y sus vicios, seguramente irreparables.

Si alguien pusiera en duda –de buena fe, no desde una postura ideológica o materialmente interesada– la veracidad de la mayoría de las denuncias que formula en esas páginas Luis Gonzalo Segura, ahí están como pruebas irrefutables, no sólo su dramática peripecia personal, que lo ha llevado a sufrir un duro arresto –una vez más se prefiere matar al mensajero que atender a su mensaje– y a mantener una huelga de hambre en el hospital militar en el que está recluido, sino otros testimonios también dolorosos y rigurosamente actuales. Como los que recoge él mismo en el documentado apéndice de noticias relacionadas con el ejército, junto a la dirección electrónica que permitirá leer cada una de ellas. O como el de la capitana Zaida Cantera, que consiguió que fuera procesado y condenado por acoso sexual el coronel Isidro José de Lezcano-Mújica y, sin embargo, ha tenido que arrojar la toalla y pedir su salida de la carrera militar –hasta eso se le ha negado miserablemente a la hora de escribir este comentario– dadas las innobles presiones a que ha sido sometida por otros mandos corporativistas, entre ellos el general Ramón Pardo, acusado de persecución injusta, imputado primero y desimputado después, a tiempo para ser ascendido de general de brigada a general de división por ese Consejo de Ministros que trata a todos los españoles como reclutas de reemplazo.

Habría que preguntarse, más allá de las intenciones del autor y seguramente las de la capitana Cantera, qué sentido tiene mantener un gasto inmenso en parafernalia militar en un país tan sometido a las decisiones de otros y en un mundo que no tiene más patria que el dinero. Sea como fuere, lo que ambos han padecido, y uno de ellos ha escrito para general conocimiento, viene a demostrar, entre otras muchas cosas, algo que se decía en tiempos remotos y que el autor recuerda en las últimas páginas de la novela: que la justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música. Que no sea por mucho más tiempo.

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