Salvados, el programa de Jordi Évole elevado por méritos propios a la categoría de referencia del periodismo todavía posible, interrumpió sus vacaciones para ofrecer una entrevista insólita. El comisario José Manuel Villarejo había accedido al interrogatorio –en esos términos se dispuso el decorado– que el programa llevaba reclamando durante un año. La promoción del programa fue atosigante y, por ende, reiterativa. Y la audiencia respondió: 11%, 1.723.000 espectadores.

¿Y luego?

Otro cantar. El periodista trató de cumplir con un arsenal de preguntas. El interrogado respondió con una actitud cazurra y balbuciente, repartiendo mandobles a quienes detesta y excusándose con quienes supuestamente aprecia.   Para contrastar la sinceridad o la veracidad de las declaraciones el conductor del programa atisbó una fórmula: intercalar declaraciones de periodistas conocedores del caso y de un par de aludidos: Baltasar Garzón, Artur Mas… Y así el programa navegó por las aguas turbias y procelosas que decidió un tipo turbio.

¿Es eso periodismo?

No basta con entrevistar a un personaje inédito. Ni siquiera con contrarreplicar a algunas de sus aseveraciones. El periodismo, ya sea por parte del periodista o, sobre todo, del medio se ejerce depurando lo cierto de lo falso, porque, si no, se acaba equiparando la verdad y la falsedad e incluso la calumnia.

En esos barros se movió el programa. ¿Cabía temerlo? El encuentro no se produjo cuando los periodistas lo desearon, sino cuando lo quiso el entrevistado. Entre un momento y otro, la dirección de su cadena, o alguno de sus directivos, al menos, mantuvo relaciones cercanas con el policía e incluso bloqueó cualquier información relacionada con las actividades más oscuras del inspector.

Tal vez por eso el periodismo acabó sometido al rigor de una grabadora. Sin voluntad de abrir una investigación que establezca la veracidad de las afirmaciones realizadas por el sujeto, cabe la duda de si la entrevista no fue más que un acto de propaganda. Propaganda desesperada, tal vez. Tan indescifrable como la estrategia de un loco que anuncia su propio asesinato para defenderse de sus propios desmanes.

Confundido tal vez por la verborrea y los anacolutos del hombre más buscado, Jordi Évole afirmó que hubo presiones para que la entrevista no fuera emitida. Pero se negó a detallarlas. No, eso no es periodismo. Esta vez el esfuerzo resultó fallido. La decepción tiene que ver más con el nivel de exigencia que Salvados y Jordi Évole han mantenido que con la práctica periodística habitual; por supuesto.

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