El último libro de Álvaro Valverde, después de releído y disfrutado, está ya sobre la mesilla de noche. Su título, El cuarto del siroco, también da nombre a un texto introductorio y a un poema que definen la poesía como un refugio “en el que cobijarse del triste pensamiento de la muerte”, “de la incesante lluvia / que cae desde el pasado” o “de la vida que a lo lejos / se me va para siempre”.

Este volumen de la colección Nuevos textos sagrados de Tusquets recoge poemas escritos a lo largo del último decenio, coetáneos por tanto de los incluidos en Plasencias y Más allá, Tánger. En esta ocasión los temas se abren a una cierta polifonía que medita en torno a la vida y la muerte, al tiempo que es simultáneamente pasado, futuro y presente; a los recuerdos, la familia, los amigos, el amor y, por supuesto, los lugares: el paisaje que se observa o se recorre para entender y sentir lo que se guarda dentro, porque “es parte / de aquello que es él mismo”..

El cuarto del siroco  parece, sobre todo, un libro, aunque variado, esencialmente íntimo. Desde distintas perspectivas la mirada gira alrededor de un sentimiento irrenunciable: “mi vida es interior”. Por eso los poemas de Álvaro Valverde emocionan desde su aparente sencillez y su honda belleza. Sencillos “como el gesto de alguien / que da un vaso de agua / a quien padece sed”. Hondos, porque dejan al lector “viendo lo que se ve / y lo que se adivina”. Y algo más, porque el poeta consigue que quien se adentra en sus poemas entienda que “la vida espera fuera, la que el lleva, / como cualquier lector, cuando no vive”. Quien lee lo escrito siente también que escribe lo leído.

Esta reseña, más emocional que académica, quiere tan solo dejar constancia de la aparición de El cuarto del siroco. Para alguien que se acerca a la poesía de manera irregular y que, por tanto, se aproxima a ella escaso de equipaje, Álvaro Valverde se ha convertido en un imprescindible. Por el gozo que sus versos provocan, por la reflexión que sugieren, por su irrenunciable voluntad de observar fuera “lo que está dentro” y porque recorre un territorio en muchas ocasiones compartido, un espacio humano.

El cuarto del siroco se abre con A modo de poética, un manifiesto de vida y estilo y se cierra con una declaración frente a la insistente experiencia de la pérdida o la derrota, a favor de la resistencia, la de “aquel que no consigue / ni darse por vencido”. Para eso están la familia, los amigos, presentes en el tiempo y los paseos incluso después de haberse ido; los “sitios donde la muerte / simplemente es más lenta”. También los libros, que “son razón suficiente para cierta esperanza / que no todo perece, que otra vida es posible”, como esa actitud introspectiva “en busca de un tesoro / cada día”.

En algunos momentos surge una misión (“He venido hasta aquí a nombrar la tristeza”) que, no obstante, pese a “esta época ajena a la creencia / de que existe el futuro y el progreso”, invita a sentir “sereno este vivir / ante el abismo”. Y de ese modo “queda todo a la espera / de que llegue la noche”.

Quizás esta reseña remarque en exceso pensamientos y emociones presentes en algunos poemas de un conjunto más amplio. Tal vez porque esta reseña no es la del autor, sino la del lector, consciente de que “la vida que a lo lejos / se me va para siempre”.

Un libro, en fin, para la mesilla de noche.

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