Juan Barranco también abandona su actividad pública. Sin la parafernalia teatral de Alfonso Guerra se va. No es lo mismo o, sobre todo, no puede parecerlo.

Guerra surgió entre bambalinas para ocupar, después, el escenario con vocación de prima dona, por más que el cartel recogiera su nombre con tipos varios cuerpos menores que Felipe González, su sempiterno compañero de reparto y, mientras quiso, protagonista de todas las representaciones; dos actores que se realzaban mutuamente y se enfrentaban inevitablemente, cuestión de divos.

Barranco ha sido todo lo contrario. Surgido a la sombra de Tierno, limitó su repertorio a la escena matritense, con voluntad de discreción y mesura. Sin la vis cómica que a los otros les sobraba, tampoco consiguió oponer una capacidad dramática que le reconociera como figura del escenario. Sin ser el profesor, mantuvo cierto tono pedagógico; sin ser un líder, mantuvo cierta capacidad de referencia; sin apenas reconocimientos, mereció un cierto aprecio, tan discreto como duradero. Estuvo cuando le tocó y cedió la vara cuando decidieron apartarlo. Pudo irse, pero decidió quedarse, como todos, pero sin llamar la atención.

Si despertar pasiones, generó respeto. Tal vez, por eso, en su despedida me han interesado sus reflexiones póstumas. También porque en su adiós se detecta la dignidad de quien no quiere que le confundan con los que, de seguir, se vería comprometido a apoyar. No es poco, aunque sea por una vez.

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