De Luis Landero se dice que es el más cervantino de los escritores españoles contemporáneos. A su última obra, La vida negociable (Tusquets, 2017), se la empieza a relacionar con la picaresca de El Lazarillo y El Buscón. También se podría hacer con Juan Marsé, entre los cercanos. Todo eso indica que este relator formidable pertenece a los clásicos, que son, también, los imprescindibles.

Al margen de todo eso, la novela aún caliente de Landero, que se dijo cansado de la ficción y necesitado de la realidad de su propia memoria en su anterior trabajo, El balcón en invierno, forma parte, sobre todo, del afán de su autor, el que le mueve, el que le identifica, al modo exacto en que su personaje, Hugo Bayo, o su complice Leo persiguen su propio afán; sea ello el sino de la fatalidad o la grandeza de un objetivo cautivador o ambas cosas sucesivamente.

¿Importa la trama? La contraportada del libro asegura que “Hugo Bayo, peluquero de profesión y genio incomprendido, les cuenta a sus clientes la historia de sus muchas andanzas, desde su adolescencia en un barrio de Madrid hasta el momento actual, ya al filo de los cuarenta, en que sigue buscándole un sentido a la vida. Y así, recordará la relación tormentosa y amoral con su madre, el descubrimiento ambiguo de la amistad y del amor, sus varios oficios y proyectos, sus éxitos y sus fracasos, y su inagotable capacidad para reinventarse y para negociar ventajosamente con su pasado, con su conciencia, con su porvenir, en un intento de encontrar un lugar en el mundo que lo reconcilie finalmente consigo mismo y con los demás”.

La vida negociable no se resume en una trama o en un personaje, en una sucesión de secuencias que remiten a una manera de ser o de estar en este tiempo, donde la verdad no sólo se antoja incierta sino que con ella se comercia o chalanea. Se trata, sobre todo, de un relato absorbente al que el lector asiste seducido por el hechizo de la literatura, que envuelve los hechos y las vicisitudes de los personajes al margen de su catadura moral o de sus fluctuaciones.

Luis Landero refleja en esta novela a una sociedad corrompida y maledicente que lleva a sus hijos del mimo protector a la frustración, de las buenas intenciones a la extorsión, de la autoestima al ridículo, de la ausencia de valores al prestigio de las coartadas, de la falta de convicciones a la intuición o a la fe, de la autocomplacencia a la negación del compromiso, de la voluntad de regeneración al abandono o la recaída. De la comedia al drama e incluso a la novela policiaca; así es la vida de Hugo, de Leo, de todos los personajes, firmes e inseguros, perplejos y aturdidos. Así es la vida nuestra de cada día.

Detrás del cuento, bajo la aparente ingenuidad de un relato sencillo y bello, hay mucho humor y aún mayor decepción. En esta sociedad de la posverdad (buena parte de lo que le ocurre a Hugo es fruto de la difamación, no importa si mentiras o verdades a medias) la redención solo se encuentra en la desmemoria. Ácida reflexión, a la que se llega a través de la belleza subyugadora de un retratista formidable.

Si el gozo de la lectura fuera el baremo capaz de fijar la categoría de un escritor (¿por qué no?), a Luis Landero habría que concederle el Cervantes. En el fondo de su obra lo lleva reconocido.

 

En este Lagar se puede encontrar, aparte de la reseña sobre El balcón en invierno, otra sobre la obra anterior de Luis Landero, Absolución. Así  como varios comentarios en los que se alude al escritor extremeño.

 

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