PATRIA SIN TERRITORIO

Un prólogo en austero blanco y negro narra el asesinato del embajador turco en Berlín a manos de un joven terrorista armenio en la segunda década del siglo pasado y en plena calle, mientras se juega una simbólica partida de ajedrez gigante. Las declaraciones efectuadas en el juicio posterior sirven para ponernos en antecedentes del complejo y enconado conflicto que enfrenta a turcos y armenios y que llevó al exterminio sistemático de cientos de miles de estos bajo la feroz represión organizada por el gobierno turco por cuestiones territoriales, pero alentada también, como tantas otras veces a lo largo de la Historia, por problemas de intransigencia religiosa, ya que las víctimas eran en su mayoría cristianos y los verdugos, musulmanes.

Mucho más adelante, ya en los años ochenta, conocemos a la familia compuesta por Hovannès Arkadian, su esposa Anouch y dos hijos, que regentan en Marsella una pequeña tienda de comestibles significativamente llamada «Ararat», monte sagrado de los armenios, que en 2002 sirvió de título a la película dedicada por Atom Egoyan al mismo conflicto. El hijo mayor, Aram, se ha implicado en una célula inflamada de patriotismo retrospectivo, herida todavía en lo más hondo por la crueldad y el olvido intencionado en que ha caído aquel genocidio y que planea nuevos atentados contra autoridades turcas.

En el primero de ellos, Aram es el encargado de activar el mecanismo que hará explotar el vehículo de un diplomático en una calle estrecha que previamente han bloqueado sus compañeros. Pero en el último instante se detiene junto al coche un ciclista distraído, a pesar de lo cual el joven, plenamente consciente de esa circunstancia, acciona el dispositivo.

A partir de ese momento, el argumento se despliega en tres vertientes: la huida del terrorista y su integración en un campo de entrenamiento situado en el Líbano, al que acuden aprendices de todo el mundo y donde se desarrollará una historia de amor con la joven Anahit, entre innumerables reuniones en las que se discuten estrategias y tácticas de lucha armada, bajo la dirección de un ideólogo fanático que pretende imponer un orden dictatorial en el grupo; entre tanto, en Marsella, la familia de Aram trata de encajar el golpe de su desaparición, también entre frecuentes discusiones, y se verá sorprendida por la aparición del protagonista de la tercera vertiente, el ciclista Gilles Tessier, víctima del atentado, que ha sufrido la invalidez de las dos piernas y se siente incapaz de asimilar las consecuencias de aquella fatalidad… Hasta que decide conocer a la familia de su verdugo, y si es posible, a este. Eso provocará, después de las naturales tensiones, el viaje de Anouch y Gilles a Beirut, donde se produce el contacto con Aram, que dará lugar a un encuentro de consecuencias imprevisibles.

Con este décimo noveno largometraje, el cineasta marsellés Robert Guédiguian, uno de los nombres más representativos del llamado «cine social europeo», vuelve a su ciudad natal, donde se ha desarrollado buena parte de su filmografía, para plantear una nueva historia de fondo político, en la que, como es habitual en él, se resiste a imponer dogmas unívocos, limitándose a plantear conflictos dialécticos que el espectador debe resolver, en su caso, más racional que emocionalmente. En esta ocasión, no solo la hipotética legitimidad del terrorismo como respuesta a la represión ciega, sino la posibilidad de hacer víctimas inocentes a cambio de conseguir mayor repercusión pública y, en definitiva, la implantación de un régimen de terror que es el primer objetivo de esa siniestra forma de acción. En este sentido, es lamentable que la traducción española del título resulte demasiado sentenciosa, con ese plural de fou que en el original era singular y permitía aludir indirectamente, porque significa también «alfil», al juego del ajedrez mostrado al principio y al papel de francotirador que habitualmente desempeña esa pieza en sus desplazamientos por el tablero.

Guédiguian se ha basado en el libro autobiográfico La bomba, publicado en 1982 por el periodista español José Antonio Gurriarán, que sufrió un atentado similar llevado a cabo en Madrid por un comando armenio. El director cuenta, entre un reparto eficaz, con la colaboración de su compañera, eterna musa y excelente actriz Ariane Ascaride y cabría apuntar, salvando las distancias, el parecido de algunas secuencias con lo descrito por Fernando Aramburu en su extraordinaria novela Patria, sobre el terrorismo vasco y sus consecuencias. Que son las consecuencias de un conflicto quizás irresoluble, protagonizado por quienes se sienten patriotas –concepto por lo demás desfasado y generalmente reaccionario–, pertenecientes a una entidad que carece o se ha visto desposeída de un territorio propio.

FICHA TÉCNICA

Título original: «Une histoire de fou». Dirección: Robert Guédiguian. Guion: Robert Guédiguian y Gilles Tauran, basado en el libro de José Antonio Gurriarán, «La bomba». Fotografía: Pierre Milon, en color. Montaje: Bernard Sasia. Música: Alexandre Desplat. Intérpretes: Simon Abcarian (Hovannès Alexandrian), Ariane Ascaride (Anouch Alexandrian), Grégoire Leprince-Ringet (Gilles Teissier), Syrus Shahidi (Aram Alexandrian), Razane Jammall (Anahit), Robinson Stévenin (Soghomon Tehirian), Serge Avedikian (Armenak), Hrayr Kalemkerian (Haig). Producción: Agat Film & Cie, Canal+, France Télévisions, Ciné+, France 3 Cinéma y Alvy Prod. (Francia, 2015). Duración: 134 minutos.

Ver todas las críticas de Juan Antonio Pérez Millán. 

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.