Bajo la conmoción, mejor detenerse, conversar, esperar. En el ámbito político esa cautela se esfuma. El dolor abruma a la población. Surgen las hienas dispuestas a la carroña y hasta los perros se despiertan con fauces de bestia. La Francia racionalista y aficionada al debate no se ha librado de ese riesgo y esa presión.

Esto es una guerra, proclamó Hollande y encontró muchas voces que le secundaron. El miedo elevó el horror. ¿Hacen falta más bombardeos, más portaaviones, más soldados para parar el combate? ¿O para aumentarlo? No era tiempo de hablar del fracaso de la integración de tantos extranjeros en las tierras de acogida, de la incapacidad del modelo social europeo –pese a nuestra autocomplacencia– para servir de espejo donde mirarse, de los efectos perversos de un neocolonianismo impuesto con violencia, de los fracasos y la barbarie que han seguido a las declaraciones y ejecuciones de guerra.

La ultraderecha saca partido de cada uno de estos fracasos denunciando, contra toda razón, la timidez de las medidas o la ineficacia del respeto a los derechos de los otros e incluso a los propios. La sangre que enseña las letras, la mano dura que educa a los que piensan por su cuenta, la represión que humilla antes de convertirse en estallido… se transforman en paradigma de la desesperación de quienes no aciertan a entender, ni tampoco a entenderse.

Las decisiones políticas de los gobiernos, los que surgieron bajo el signo de la libertad y la democracia, se ven atrapadas por la sinrazón de una emoción tan honda como inefable. Las palabras no sirven, son palabras, se dicen, justo en el momento en el que hablar, debatir e incluso llorar quizás sean la única razón a nuestro alcance. Para sobreponerse al fanatismo, a la brutalidad, a la venganza.

El reclamo francés, que exige el incremento de las armas, la implicación militar de los amigos, la restricción de movimientos, el control de la libertad e incluso del pensamiento, obligará a decisiones emocionales en nombre de la solidaridad, la civilización o el humanismo. Una locura contra otro delirio.

Un nuevo espejismo que, tranquilice o no a los asustados, acarreará mayores problemas a quienes más problemas acumulan: inmigrantes, refugiados, pobres; parias del mundo. Incluso aquellos que se sienten doloridos por la iniquidad de los que matan en su nombre.

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