Escucho en la radio a una mujer que habla de las actividades de la parroquia San Carlos Borromeo de El Pozo del Tío Raimundo, barrio legendario de un tiempo pasado y centro religioso que pone de los nervios al canciller Rouco.

Cuenta la señora que hay un grupo de diez o doce personas, todas ellas entre ochenta y noventa años, que se apuntaron a unas clases para aprender a leer y a sumar y a restar. Se reunían en un centro cívico municipal hasta que el Ayuntamiento madrileño decidió cobrar el alquiler; entonces las acogieron los jesuitas que regentaban otra parroquia, la de San Raimundo de Peñafort, hasta que los regentes fueron sustituidos por un cura con clergyman, “que a saber qué hace un hombre así en este barrio”, comentó la señora: “le debieron explicar mal a dónde le enviaban”. Ahora el hombre de negro también reclama a las ancianas su alquiler: diez euros por persona al mes por una habitación tres horas a la semana. Las señoras ya no pueden ejercitar la memoria, hablar, jugar…

Una vez expuesta la cuestión, la comunicante se ha adornado con algunos detalles sobre el cura elegante. La liturgia, al parecer, la borda. El cáliz es estupendo, por lo menos de plata, y el copón puede que tenga hasta piedras preciosas. A ella, sin embargo, le importan otras cosas. Dijo en la radio que para esas ya se apañan con una copa que compraron en el chino más cercano y con una canastilla de mimbre para poner las hostias. Pero al cura de negro le importan más el día del Domund, que lo proclama con puntualidad y entusiasmo con una hucha de porcelana de la que él extrae… consecuencias.

Su relato me ha recordado algunos libros, magníficamente ilustrados, que leí hace ya muchos años. Los firmaba Ernesto Cardenal narrando sus propias experiencias en Solentiname. Y me ha llevado a pensar que este papa Francisco le van a matar a dolores de cabeza… Sus afirmaciones contra los corruptos que dan limosnas echan fuera de la iglesia a la mitad de los que acuden a misa los domingos y alguna fiesta de guardar.

Aunque a algunos les pueda parecer elemental, una vez alguien me advirtió de nada puede haber más peligroso en el Vaticano que un monseñor que crea en Dios y, si el el papa, el acabose. Lo que pasa es que no hay papa que crea tanto como la mujer que hablaba en la radio.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.