Claudio Magris lanza una reflexión inquietante: “Ahora lo que ha aparecido es una amplia población que vive por debajo, o al margen, de cualquier tipo de comprensión de lo económico, de lo cultural, de lo público”.

Claudio Magris.

Si además, “hoy los instrumentos políticos con los que se libran las batallas están en la web, en las redes sociales, que es donde se está creando la opinión pública…

Y si, para colmo, parte de la resistencia comparte con él que “en ese ámbito me encuentro como un combatiente que está fuera de lugar, que utiliza el arco y las flechas en un mundo donde ya solo sirven las pistolas y los fusiles”…

¿Qué nos queda?

O confiar en los hados, que nunca fueron buenos aliados a lo largo de la historia, o tratar de comprender este presente y, luego, allá los hados. Y en eso de entender, aunque sin demasiada fortuna, sobre el suelo que pisamos surgen opiniones que requieren discernimiento.

El mito de Narciso.

¿Será verdad que esta es la era del narcisismo, como planteaba el tema central de El País/Ideas del domingo 5 de febrero? Pat MacDonald, psicóloga, autora de Narcisismo en el mundo moderno, lo explica: “Basta con observar el consumismo rampante, la autopromoción en las redes sociales, la búsqueda de fama a cualquier precio y el uso de la cirugía para frenar el envejecimiento”. Otra colega, Jean Twenge, de la Universidad estatal de San Diego (California), indica que las conductas narcisistas han crecido “al mismo ritmo que la obesidad desde 1980”. Ella es autora de Epidemia narcisista y de Generación yo, en este caso junto a Keith Campbell, de la Universidad de Georgia.

La sobredosis de autoestima, la falta de de defensas contra la frustración, la pérdida de referencias de las convulsiones que asolaron la primera mitad del siglo XX y la prolongación de sus consecuencias se aducen como causas de esta sociedad de narcisos que requiere una Política para narcisos. De esta trata Víctor Lapuente:

  • “El devenir del mundo nos ha hecho más egocéntricos. Pertenecemos a las primeras cohortes en la historia de la humanidad de las que no se espera que sacrifiquen su vida por un Dios o una patria. El Estado de bienestar, con todas sus lagunas, provee a los ciudadanos de una serie de servicios que, como apuntaba Habermas hace ya tiempo, han clientilizado el concepto de ciudadanía. Nos sentimos más consumidores que accionistas del Estado.
  • “A nivel político hemos descuidado las virtudes cívicas. No sentimos obligaciones hacia la comunidad. Lo fiamos todo a las instituciones. Y, como estamos viendo con Trump, ni los pesos y contrapesos de la democracia más estable del mundo parecen suficientes para detener una política incívica”.
  • “No es irreversible. Porque, en gran medida, el menosprecio de la cultura cívica es el menosprecio de resultado de los relatos políticos dominantes en las últimas décadas es el resultado de los relatos políticos dominantes en las últimas décadas. De derechas y de izquierdas. Todos han contribuido a diluir el espíritu público. Por una parte, la derecha occidental se ha desprendido de los frenos democristianos y conservadores que contenían la persecución del puro interés individual. Hoy todo vale si te beneficia a ti o a tu país”.
  • “La izquierda no está libre de culpa. Desde su atalaya moral, ha atacado el ultraliberalismo sin corazón de la derecha. Pero su crítica, pulcra y cómoda, no viene acompañada de la siempre incómoda demanda de cultura cívica. La izquierda no ha reclamado una mayor responsabilidad a los ciudadanos para afrontar los grandes retos colectivos y las inexcusables reformas del Estado de bienestar. Se ha centrado en pedir una mayor participación en la toma de decisiones. Dadnos poder, pero no nos pidáis demasiados esfuerzos. Una pena, porque el principio de responsabilidad personal y obligación social no es un invento socioliberal de la tercera vía, como interesadamente denuncian muchos. Por el contrario, está en el corazón mismo del pensamiento socialista desde su origen.
  • “La izquierda ha abandonado el fomento del carácter cívico. De alguna forma perversa, la izquierda le ha dado la vuelta al sueño de uno de sus referentes, Martin Luther King. El activista de los derechos civiles anhelaba una nación donde los ciudadanos fueran juzgados por el contenido de su carácter y no por otras características estáticas, como el color de la piel. Pero la palabra “carácter” produce alergia a una izquierda contemporánea que prefiere que los bienes y las políticas se distribuyan en función de las características pasivas de los ciudadanos. Los votantes son clientes sensibles a los que hay que satisfacer”.

La argumentación devuelve a lo que Claudio Magris planteaba. ¿Será todo eso la causa, o parte de la causa, de la existencia de esa “amplia población que vive por debajo, o al margen, de cualquier tipo de comprensión de lo económico, de lo cultural, de lo público”?

¿Será todo esto la consecuencia  de una sociedad que ve, pero no entiende? Lo advirtió Giovanni Sartori, y ahí seguimos.

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