La televisión no es necesariamente perversa. Se lo escuché, por primera vez, a Manuel Vázquez Montalbán. Todos tenemos ejemplos, sin necesidad de acudir a su prehistoria.

Pese al profundo deterioro de la programación televisiva en los últimos tiempos, algún programa de Jordi Évole o la serie Los imprescindibles de La2 nos han reconciliado con el medio. Para rizar el rizo, la buena televisión ha conseguido, algunas veces, audiencias numerosas.

Sin embargo, esos programas solo son la excepción de una programación atiborrada de productos denigrantes, que desprecian al espectador con el argumento (irrefutable, desde el punto de vista económico, no desde el de su interés social) de sus millonarios y asiduos seguidores. Pese a la insistencia de los programadores, a las excusas de sus productores y a los artículos expiatorios o explicatorios con ínfulas culturales, no superan los requisitos mínimos de la salubridad o la decencia. Es el caso del Sálvame en cualquiera de sus múltiples colores o variantes y tantos otros, por muchas argucias que se empleen para confundirnos.

Otros programas que dan el pego se presentan como un modelo para la regeneración de la televisión pública por el mero hecho de haber logrado un incuestionable respaldo en los índices de audiencia. Es el caso, por ejemplo, de En tu casa o en la mía, en el que Bertín Osborne ha ofrecido cobijo a personajes sacados de las catacumbas del conservadurismo más rancio, si no de la dictadura que se quedó entre nosotros. Basta el escenario –ya sea el cortijo sevillano o la mansión madrileña del señorito, cantante y empresario de marca registrada en todos los supermercados del país– para entender que por allí no pasan ni la España real ni la realidad de España, aunque acumulen la admiración de una sociedad seducida por el lujo y la pompa. Aún peor, cuando trata de acercarse a personajes o hechos relevantes desde la experiencia colectiva –la entrevista a Adolfo Suárez hijo–, lo hace con tan alto grado de servilismo a la mistificación de la historia que el programa se convierte en una oda a la patraña: ya sea por ignorancia o complicidad.

La televisión no es el único medio detestable. Véase, por ejemplo, la entrevista emitida en la cadena de radio con mayor crédito profesional, la SER, entre José Ramón de la Morena y Mariano Rajoy, ante un Vicente del Bosque, utilizado como reclamo, tan perplejo como manipulado. Una muestra singular de la confusión en que vive el periodismo en España. La ignorancia del interrogador y la inanidad del entrevistado lograron, tal vez sin quererlo, poner de manifiesto que al presidente del Gobierno le interesa mucho más el Real Madrid que todos los pobres que esta sociedad ha generado bajo su mandato.

Y pese a ello también surgen modelos para comprobar que otra televisión es posible. Veo en La Tuerka la conversación entre Pablo Iglesias y César Rendueles.  Un programa sencillo e intenso sobre la sociedad y la política, sobre el pensamiento y la vida. Algunos, tal vez, prefieran fijarse en si el anfitrión ejerce de entrevistador o de protagonista, si los planos de escucha delatan su atención o una pose de autocomplacencia, si la espontaneidad nerviosa y risueña del entrevistado despierta mayor interés e incluso empatía o si el rigor de sus análisis en su aparente sencillez cautivan más que el elaborado artificio de su antagonista.

Sea como fuere, ahí existe un modelo, interesante quizás para unos pocos, pero válido y útil para una sociedad entera, para explicarla y explicarse, aunque ella misma no lo sepa.

(PD. Si Podemos no consigue los cielos, tal vez su líder merezca un hueco en La2.)

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