La capacidad que tienen unos para engañar es proporcional a la predisposición que tienen otros para ser engañados. Todos los que engañan son defraudadores. De los engañados, unos tienen coartada; otros, no. Los hay con doble delito: los que se engañan a sí mismos.

El caso de los dos catedráticos, y otros tres compinches, que se forraron con un falso medicamento con el que decían curar el cáncer entra en la lista de las aberraciones más aberrantes; por el abuso de poder, el que les otorga su pertenencia a la academia y el de quien conoce la fragilidad de sus víctimas; el de quien a cambio de su lucro ahonda en la humillación del desesperado.

La gravedad del caso relega casi a un segundo término las consecuencias legales de los delincuentes. Pone el foco sobre el comportamiento de las instancias universitarias.

La Universidad debe ser un eje central del pensamiento científico; su función, aparte la docente e investigadora, incluye una especie de salvaguarda social contra lo espurio, la magia y la mentira. Debe ser una especie de crisol de la racionalidad y el rigor; si no el lugar de la verdad, al menos un espacio contrario a la mentira.

Un catedrático plagiador, haya ascendido o no a rector, debería ser un oxímoron, una combinación imposible, una contradicción alarmante solo resoluble mediante la expulsión inmediata del copiador de la carrera académica. Ya se sabe que no ocurre así.

Un catedrático que produce medicamentos falaces para aprovechar la impotencia de un enfermo o sus familiares en pos de su beneficio personal supera la dosis letal del plagiador. No debería existir otra alternativa que la expulsión inmediata del ámbito académico. Y que la justicia, además, alivie al degradado despreocupándole del sustento propio: en prisión la comida es gratuita.

Sin embargo, esta sociedad muchas veces alienta el mangoneo. Fraudes de ese tipo son abonados por un pensamiento alternativo que deriva en mágico, por personas que convierten su crítica a ciertos desmanes en acriticismo frente a determinados embaucadores esotéricos. La defensa de la naturaleza se convierte, en sus manos o en sus mentes, en desprecio de la química, por ejemplo; como si la naturaleza no fuera física y química o como si la física y la química no tuvieran su fundamento en la naturaleza.

Y a veces a esas actitudes encuentran avales supuestamente académicos. Algunas universidades abren sus aulas al esoterismo. Otras tratan de darle contenido curricular. Debería existir un mecanismo para expulsar a algunas universidades de la Universidad.

 

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