«Una violencia de género estructural obliga a abortar». Lo ha dicho Gallardón.
– ¿Pero qué le pasa a este romano?
Violencia-de-género-estructural… Así no hay quien ponga freno al asesinato de mujeres.
– ¿Estará a favor?
– No lo descarte…
La presidenta de la Comunidad de Madrid ha acudido en defensa de su amiguito del alma, Gallardón. La «violencia» viene porque hay hombres que no quieren casarse al dejar embarazada a una mujer, ha dicho la dama. Dicho esto un 8 de marzo suena a gamberrada. Descartada la imbecilidad como excusa, habrá que atribuir tanto ingenio machista en lo inaprensible de este personaje entre naif y despótico. ¡Qué cosas!

«En España hay 7.000 bazares chinos que nos causan admiración y de los que hemos aprendido mucho». Lo ha dicho Juan Roig, el mandamás de Mercadona, tras confirmar sus superbeneficios en plena crisis que se incrementarán manque la crisis continúe.
– ¿Guarda relación lo uno con lo otro?
– Tiene toda la pinta.
Tiene la consideración de un mecenas y los medios le elogian por sus palabras, tan escasas como inequívocas. Se glosan sus dichos y su eficiencia. Sus trabajadoras comienzan mileuristas y a los cuatro años habrán alcanzado los 1.400 más incentivos por productividad.
– ¿Te parece poco?
En estos tiempos la discusión encalla en ese instante. Roig recuerda uno de sus principios básicos: sólo los empresarios crean empleo.
– ¿Por generosidad o para aprovecharse de ellos?
– ¿Qué importa eso en estos tiempos?
– Ese es el problema.
– Salvo que a todos los que nacimos hijos de porquero nos entregue el manual que nos transforme en el tercer hombre más rico de España.
– Por ejemplo.

«El ex-socio de Alejandro Agag se llevó 600.000 euros de la red Gurtel» en colaboración Tecinsa, otra empresa que se enredó, y no a cualquier precio. Agag y señora, después de Gorsdon, se hicieron amigos de Briatore, Ecclestone y otros filántropos, tan mecenas o más que Camps, Matas y sus secuaces, con los que se juntaban de vez en cuando, porque, cuando dios los cría, ya no hay remedio. Luego, el yerno y la hija se fueron a vivir a Londres.
– ¿Necesitaban emigrar?
– Les convendría.
– ¿Se lo sugirió el Rey?
– He dicho Agag, no Urdangarín; ella se llama Ana, no Cristina; y su suegro es Aznar, no Borbón.
– Me lío.

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