El Mundo encontró el caso anti-Bárcenas. Y los amantes de la equidistancia entraron al trapo, aun a sabiendas de que cualquier comparación resultaría ridícula. Argumentaban: un paso más de la política contra sí misma, contra su propia credibilidad; de los políticos contra su reputación pública.

El nuevo caso, o el anti-caso, señalaba a la Fundación Ideas, del PSOE: había pagado 50.000 euros a una persona inexistente, una especie de fantasma, de nombre Amy Martin, sin DNI ni domicilio acreditado. La fundación reconoció, ¡oh sorpresa!, que las percepciones del espectro fueron de 60.000 euros; es decir, más de lo denunciado (el mundo al revés, lo que quizás indique algo). Y su presidente corrió a destituir  fulminantemente a su director, Carlos Mulas. ¡Premio!

Se sospechaba que el verdadero autor de los artículos, pagados tras su publicación a 3.000 euros por capítulo, fuera el mismo director o alguien de su entorno. Si lo primero, feo, sobresueldo, algo así; aun más, ¿declarado a Hacienda? Si lo segundo, feo en grado de afinidad o consanguineidad (aunque todos saben que en estas publicaciones participan más afines que críticos, porque están para eso) y ¿declarado a Hacienda?

Dudas, sospechas, denuncias…

– Pero, oiga, ¿los artículos eran buenos, malos, aportaban alguna idea o atisbo de ella donde tanta falta hacen?

– Eso no le ha interesado a nadie, no venga usted ahora jodiendo. Pues sería como los otros que promueve la Fundación Ideas. Variopintos, multirraciales, viajeros…

Presentada la cosa como el caso anti-Bárcenas, había que aplicarse en la respuesta y el presidente de la Fundación Ideas, Jesús Caldera, un hombre incrustado en la intelectualidad a martillazos, se sacudió los fantasmas antes de preguntar: Carlos Mulas, a la calle; hay otros.  Luego se dijeron varias cosas. Una: aquí no hay corrupción; dos: nadie entiende cómo el director, personaje con currículo y conocimiento, se ha podido pringar por 60.000 euros.

Veinticuatro horas más tarde aparece en escena a petición propia Irene Zoe Alameda,

escritora (una novela en Seix Barral, Sueños itinerantes, y otra próxima en Edhasa, Warla Alkman), directora de cortos, reportajes y documentales varios: en elaboración, un libro sobre Senegal. En un comunicado proclama que ella es Amy Martin, la que se puso en contacto con la Fundación a través de su agente literaria, la que escribió los artículos, la que los cobró y la que devolverá lo percibido a vistas del escándalo organizado.

La cosa tiene un truco doble: primero, la tal Irene Zoe Alameda (no Amy Martin, que no existe) fue esposa del director de la Fundación, Carlos Mulas, aunque, según ella explica, llevan años separados sentimental y físicamente; segundo, su próxima novela, a punto de publicarse, Warla Alkman, se basa en «la existencia de una autora (Adda Weinstein en la ficción), de la cual sólo se conocen el nombre y las obras, pero de la que no hay rastro, protegida su identidad por su agente literaria». Y añade «así es como creé a una autora ficticia cuya identidad se fue forjando a golpe de publicaciones reales».

Adda Weinstein es un trasunto de Amy Martin que es, a su vez, un trasunto de Irene Zoe Alameda. O sea, si la novela ya era metaliteraria, sus colaboraciones en la Fundación Ideas, metametaliterarias.

– Vale, ¿y han pagado a Hacienda?

– Amy y Adda, por supuesto que no.

– Pero Irene y Zoe, ¿qué?

– No son dos, es una sola.

– O sea, que no tienen separación de bienes.

– Si llevan separados no sé cuanto tiempo.

– Aquí se escaquea to Cristo.

La autora asegura que su ex–marido no conocía que Amy Martin fuera la suplantadora de su ex–esposa, por lo que (cabe deducir) no hubo oportunidad de tirarse nueva y mutuamente los tejos. Sin embargo, en el fondo, esa afirmación añade más dudas que el silencio. De hecho, la fundación cree que fue él. el ex de ella, quien alentó la suplantación y quien cobró por ella.

La historia que ella, la ex de él, merece ser real.Por fascinante. La verdad literaria se impone sobre la ramplonería de la verdad real y la verdad política que, sobre todo esta última, es casi siempre mentira, mientras que aquella puede contener toda la verdad y nada más que la verdad siendo falsa de toda falsedad.

El problema viene de atrás. Hubo ya un conspicuo intelectual, Luis Racionero, que transmutó su fraude, el plagio, en un concepto superior, la intertextualidad. Sin ese precedente, hoy los bienpensantes tendrían menos motivos para la alarma. O sin el escribidor de Ana Rosa Quintana. O el autor de las tesis doctorales de ministros y presidentes…

Para colmo, el asunto se manifiesta en todo su esplendor el mismo en que El País quiso lanzarse a la piscina con una portada de Hugo Chávez en proceso de intubación. De hecho, imprimió ejemplares y publicó la foto en internet, aunque luego se aprestó a retirar los unos y lo otro. Otra vez la falsedad vendida como verdad, aunque aquí hubiera demasiada mentira y excesivo morbo.

Por ingenuidad, estupidez, descontrol o por todo ello, se vieron obligados a un ejercicio responsable: la retirada de los periódicos ya impresos y de las ediciones onlines distribuidas, con la consiguiente pérdida de crédito, de tiempo y de ingresos.

Este asunto merece debate: ¿cómo pudieron colarle a El País como cierta una foto  –más aún, esa foto– sacada de un vídeo publicado en You Tube desde hace varios años?. El de la metametaliteratura de la Fundación Ideas resulta sugerente, por distinto: ¿no será pura promoción de la nueva novela con la colaboración de algún medio de comunicación? Lo de Bárcenas, por el contrario,  no admite mucha discusión; se trata de un fraude de postín, de cuello blanco, de servidores públicos; o sea, repugnante.

– No nos liemos.

– No, pero por el asunto más pequeño el ex y la ex nos hemos liado todos.

– Menos ellos.

 

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