Los últimos meses solo han invitado al silencio. Al menos, en lo que se refiere a la conversación pública en torno a los políticos, dado que la concerniente a la Política ha desaparecido de la agenda y del debate. Cualquier intento de reflexión sobre la única cuestión que importa conduce a la mudez, fruto natural del hastío y la indignación, otras respuestas habituales al estado de cosas en que vivimos.

Si se relativizan los verdaderos problemas que amenazan, acechan o simplemente esperan; si se esconde lo que en realidad preocupa; si lo inaplazable se demora; si la urgencia que reclama lo previsible e incluso lo imprevisto se pospone hasta que se ablanden las miradas de quienes se disputan el poder, ¿qué sentido pueden tener las palabras de los simples ciudadanos?

Cuando la amenaza del Brexit, del bloqueo comercial chinoamericano y de la recesión en ciernes nos acongojan; cuando las cuentas públicas reclaman decisiones imprescindibles para la supervivencia de servicios y programas esenciales; cuando se  reclama una actuación firme y mesurada del Estado ante una sentencia inevitablemente desestabilizadora; cuando urgen decisiones extraordinarias contra la destrucción provocada por el temporal; cuando todo eso se desprecia negando la urgencia de un compromiso de gobierno firme y estable, ¿cómo no replantearnos los simples ciudadanos nuestra manera de actuar en los asuntos que nos competen?

En medio del silencio o la mudez de quienes no están obligados al bla-bla-bla asumido por las instituciones –desde el parlamento a los medios de comunicación–, se impone un consenso creciente que culpa a los partidos políticos – en particular, a socialistas y podemitas– del fiasco de su desacuerdo. Sin embargo, no son ellos los únicos responsables.

En primer lugar, porque esas dos formaciones, aún juntas, carecen del quorum necesario para imponer un gobierno, solo accesible con la cooperación de otros. Por eso la responsabilidad de la gobernabilidad no radica exclusivamente en los señalados. Y a partir de esa obviedad que casi nadie asume, todos los partidos son solidarios del desaguisado –excepto unos pocos, marginales y marginados– en la medida en que podían contribuir a resolver el problema. Si la gobernabilidad es el único objetivo, la responsabilidad de cada formación es directamente proporcional al número de sus escaños. Y quienes califican de indigna o inaceptable la aportación de determinados grupos –los únicos que tal vez puedan salvarse de la condena general– incrementan su responsabilidad en la misma medida de lo que rechazan. O sea, también los trillizos –como los denominara el comedido Rufián– deben darse por implicados, pese a su afán de mirar hacia otro lado, de no reconocerse aludidos e incluso de sentir que sus votantes asumen lo que sus representantes formulan. Ellos podrían evitar el fiasco, en la misma medida en que otros, no hace mucho, se lo evitaron a ellos.

No acaban ahí las responsabilidades. ¿Acaso los votantes no comparten en gran medida las justificaciones de sus representantes? ¿Acaso los electores podemitas no suscriben ampliamente las posiciones que enarbola Pablo Iglesias? ¿Acaso los electores socialistas no ratifican mayoritariamente los postulados de Pedro Sánchez? ¿Acaso los votantes de los trillizos no comulgan en su absoluta desconfianza hacia uno u otro o ambos? ¿Y si es así, si los representados están en tales tesituras, qué clase de negociación o de acuerdo reclaman?

Pese a todo, cuando tanta gente insiste en los riesgos que la repetición de elecciones genera, tal vez merezca la pena detenerse ante las asechanzas. Y cambiar de dirección. Por una razón fundamental: no arruinar para muchos años la leve expectativa que sentimos a finales de mayo… Y desde ese punto de vista la responsabilidad sí se encuentra en un lado del espectro, cada vez más fantasmal, de la política hispana.

¿Les importa?

Nota..– El último comentario de este blog, Días de negociación, horas de perplejidad, sirve para comprobar que los problemas crecen. Abono no falta.

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