Podemos quiso levantar acta de que aquí está, que no es una elucubración ni un acontecimiento estadístico. No cabían demasiadas dudas, pero las que quedaban se despejaron ya.

El inicio del tic-tac-tic-tac lo difundieron numerosos medios a través del streaming. Es decir, que los cien mil o los que estuvieran allí presentes contaron con la complacencia de otros muchos espectadores atentos al fenómeno.

¿Y qué fue lo que pasó?

Pasó… fue una demostración a favor de sí mismos y de los convencidos (los “sí se puede” obamiano), con un punto nostálgico sustentado en la simpleza –a estas alturas un tanto cutre– de la escenografía y otro emotivo, por la reiterada ceremonia vindicativa de colectivos nítidamente identificados.

Fueron siete discursos muy similares en su estructura y en sus contenidos, bien convenidos para responder a un guión estricto: este es el momento de conseguir el cambio, los ciudadanos se lo merecen y lo reclaman, sobran los motivos, la decisión le corresponde a la gente. Poco más. Por el momento, al menos, no parece necesario explicar, ni siquiera saber, qué cambio se quiere y cómo se piensa implantar, desarrollar, compartir.

La marcha rememoraba e incluso reivindicaba el 15M.  Sin embargo, la manifestación de Podemos, según Pablo Iglesias, se entroncaba en la sucesión 2 de mayo de 1808, 14 de abril de 1931 y el 15M de 2011. La expulsión de los franceses, la proclamación de la II República y la movilización de los indignados. ¿Qué se busca con el cóctel, el mínimo común múltiplo o el máximo denominador común? Difícil jeroglífico.

Dio la impresión de que, en su mayoría, los oradores eran de letras: León Felipe, Rosalía, Juan de Mairena, Antonio Machado, El Quijote, Cervantes… tuvieron un momento de reconocimiento, aunque sin dejar muy claro qué pretenden ellos en el terreno cultural ni que entienden por cultura.

En todo caso, los oradores parecieron más de letras que de ciencias: por las citas y las metáforas, tan abundantes estas como convencionales; las ajenas, sacadas de una literatura  de resistencia –teñida de urgencia, más que de reflexión–y las propias, sacadas del saber popular y de imágenes convencionales, escasas de creatividad y con algunas gotas de cursilería.

Con las cifras consiguieron liarse: si la proporción de nuevos ricos es igual a la de los ciudadanos recién sumados a los españoles en riesgo de exclusión o si la del incremento de venta de coches de alga gama es similar a la de los nuevos acogidos a la asistencia social de Cáritas, ¿debemos considerarlo como un empate, una casualidad estadística o qué? ¿Qué valor tienen los porcentajes que se aplican a cantidades profundamente desiguales? Venían bien a la frase, más que al argumento.

Y ese es otro de los hechos relevantes: discursos deshilachados, de fragmentos e incluso sin verbos; fórmulas nominales, para una sintaxis elemental. No son a este respecto, sin embargo, los peores. Al contrario.  Buscaron  una comunicación emocional, directa, orientada a la identificación antes que a la reflexión. Lo que tocaba.

Varios oradores lograron saludar en los cuatro idiomas españoles y Pablo Iglesias incluso insertó una frase en griego, tal vez para aunar pasado y presente o para apuntarse una victoria de la que espera obtener rédito. Está bien. La Puerta del Sol, símbolo inequívoco del principio de cada año, se transformó en símbolo de la nueva era que se anunciaba con la vista en la Puerta de Alcalá.

Ahí está. Viendo pasar el tiempo. Tic-tac-tic-tac.

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