«Ida». Pawel Pawlikowski, 2013

En este su quinto largometraje de ficción, tras una variada experiencia como documentalista, el polaco emigrado a occidente Pawel Pawlikowski vuelve a los lugares de su infancia y sitúa la acción en los primeros años sesenta. Lo hace, además, en austero y algo esteticista blanco y negro, y con el formato 1:1.33, de pantalla casi cuadrada, propio de la época, renunciando a todo tipo de efectos especiales y movimientos de cámara enloquecidos tan de moda actualmente, y forzando los encuadres hasta desequilibrar su composición, como había hecho Carl Th. Dreyer en La pasión de Juana de Arco (1928), por ejemplo.

Claro que no todos los tratamientos en blanco y negro son iguales, y ahí está, sin ir más lejos, la maravillosa fotografía de Nebraska (2013), de Alexander Payne. Esa comparación, entre otras muchas posibles, deja en evidencia el afán de Pawlikowski por insertar su obra en una tradición gloriosa –en la que no faltarían referencias a su admirado Andrzej Wajda en Kanal (1957) o Cenizas y diamantes (1958)– sin conseguirlo del todo.

Porque hay algo en Ida que suena a inacabado, a incompleto, y no por su reducida duración –otro punto de contacto con los clásicos, frente a la manía mastodóntica de muchas producciones recientes–, ya que de hecho el desenlace se hace demasiado moroso, con varias vueltas y revueltas que incrementan la idea de indefinición, buscada o no.

Aunque el director lo haya negado expresamente, por momentos se tiene la impresión de que la película quiere ser un ajuste de cuentas con cuatro de los grandes fantasmas que han asolado la historia de Polonia. Dos de índole religiosa –la confrontación entre católicos y judíos– y otros dos de naturaleza política –la invasión nazi y la dictadura comunista– que se entrelazan en el curso del tiempo. Pero tampoco en este sentido se llega a conclusiones nítidas y los meandros del final hacen aún más nebulosa la perspectiva del filme.

Como la protagonista de Viridiana (1961), aunque sin la mordacidad atea que supo conferirle a su peripecia Luis Buñuel, la jovencísima y huérfana Anna sale temporalmente del convento en el que ha vivido siempre, antes de profesar sus votos, para conocer a una tía suya de la que apenas tenía noticia. Y ésta, antigua fiscal estalinista con muchas sentencias de muerte en su haber y una oscura historia personal detrás, es algo así como aquel capitán Darman que tan acertadamente describió Pilar Miró en Beltenebros (1991), de la mano de Antonio Muñoz Molina: ha dedicado su vida íntegramente a la causa comunista, y en su madurez, alcoholizada y decepcionada, se pregunta por qué y para qué…

El viaje de las dos mujeres a una aldea espectral perdida en el campo, en busca de los cadáveres de sus padres y hermana, respectivamente –más el de otra persona, como sabremos más tarde–, asesinados por el hecho de ser judíos y con el siniestro móvil de apoderarse de sus pequeñas pertenencias, constituye el eje narrativo del filme, al que se irán adhiriendo progresivamente una constelación de pequeños descubrimientos, hallazgos desoladores en unos casos e ilusionantes en otros, que el espectador irá experimentando al mismo tiempo que una u otra de sus protagonistas.

Pero también en este aspecto se impone un desequilibrio probablemente involuntario: el relato gira en torno a Anna, que en realidad se llama Ida y es judía, interpretada por una joven que ni es actriz ni quiere serlo, pero que comunica transparencia y sensibilidad a su personaje, casi mudo, cuando quien acaba imponiéndose es su tía Wanda, figura mucho más compleja y sugerente, encarnada además por una actriz profesional que devora literalmente a la primera en la pantalla.

Un conjunto, pues, de intenciones inconclusas, en algunos casos indescifrables –el doble final es todo un ejercicio de ambigüedad, si no de sectarismo–, pero que componen una película interesante, por lo poco habitual de sus planteamientos estéticos y su afán de llevar la contraria a todas las corrientes dominantes en el cine comercial de hoy.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Título original: «Ida». Dirección: Pawel Pawlikowski. Guion: Pawel Pawlikowski y Rebecca Lenkiewicz. Fotografía: Lukasz Zal y Ryszard Lenczewski, en blanco y negro. Montaje: Jaroslaw Kaminski. Música: Kristian Selin Eidnes Andersen. Intérpretes: Agata Kulesza (Wanda), Agata Trzebuchowska (Anna / Ida), Dawid Ogrodnik (Lis), Jerzy Trela (Szymon), Adam Szyszkowski (Feliks), Halina Skoczynska (madre superiora), Joanna Kulig (cantante), Artur Janusiak (miliciano). Producción: Opus Film, Phoenix Film, Portobello Pictures (Polonia, Dinamarca e Italia, 2013). Duración: 80 minutos.

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