Compro el periódico que no quisiera. Lo hago por la credibilidad que aún merecen algunos redactores, por el interés de ciertos colaboradores y porque todo lo demás es peor. Pero me enojan el sometimiento de su línea editorial a los intereses empresariales y la desvergüenza de alguno de sus máximos directivos, a los que otrora glosamos tanto, y hasta el tufo que desprenden determinadas amistades, por no decir la falta de respeto a la que nos obligan los capitostes que confundieron el derecho a la información con la venta de loza barata. Hay días, como éstos, en los que la crítica se transforma en enojo, por culpa de un ere que pone en  evidencia a quienes lo han decidido o lo aplican, aunque tampoco me seduzca la milonga sindical, el corporativismo profesional o la exención de responsabilidades de una redacción que dispuso de medios e instrumentos para prevenir su propia depauperación. Sólo los damnificados, las víctimas, son dignas de solidaridad; por su condición de desposeídos. Entre tanto, mientras repudio a quienes dilapidaron como dirigentes tanto crédito y tanta confianza, puedo reconocer que tuvieron una época, si no modélica, sí muy estimulante. Aquello se pasó con la investidura de Constantino como emperador: convirtieron su sello en la religión oficial y aspiraron mucho más al poder que a la gloria. Hasta la caída definitiva de Bizancio. A punto.

Escucho la radio que no quisiera. Lo hago por fanatismo, porque necesito su ruido y la información, algo que ya nadie ofrece sin aditivos o falsificaciones, que viene a ser lo mismo. Me repugnan las tertulias, todas; el paternalismo de ciertos conductores que consideran estúpido al oyente (cuando son ellos los que están en el border line) y que declaman su talante instructor y demagógico, no porque me obliguen al esfuerzo de distinguir las voces de los ecos sino porque pretenden monopolizar el elogio o la indignación que sólo corresponde al receptor. Aún quedan algunas excepciones y en ellas confío casi tanto como en que lo demás es peor: en esos otros espacios sólo quedan los ecos, el mal olor y mucha irritación contra quienes menos la merecen.

No vivo en la sociedad en la que quisiera. Eso ya no es cuestión ni de fanatismo ni de fobias. Pero me empeño en analizarla, en criticarla, que, en el fondo, equivale a creer que cambiarla aún es posible; siquiera un poquito.

Pienso que en esta mediocridad algunas organizaciones aún son imprescindibles para salvar esas minucias, aunque algunas estén cubiertas de lodo y porquería y otras tengan dificultades para aterrizar en este mundo tan férreamente gobernado por poderes inabarcables. Sin ellas estaríamos aún peor, pero no oculto que mucho de lo malo que nos ocurre, e incluso de la irreversibilidad del mal, es responsabilidad suya. Cómo debamos actuar a partir de ahora es otra cuestión: algunos parecen dispuestos a declararse totalmente inútiles. Que no cejen: pueden conseguirlo.

No hay otro remedio: Vivir en la contradicción o para contradecirse.

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