Mariano Rajoy es lo contrario de un líder. Siempre va a remolque. Así fue durante cuatro años. De ese mismo modo siguió a lo largo y a lo ancho de los seis meses de la legislatura más corta de la democracia made in Spain. Y ahí sigue tras las últimas elecciones, sentado a la espera de que pasen cadáveres enemigos o de que alguien venga a resolverle esa cosa tan pesada que debe ser gobernar. Con lo bien que estaría él escarallado en el sofá, sin que nadie le interrumpiera la etapa del Tour o los Juegos Olímpicos, tan próximos, ya sea en la disciplina de taekwondo o la de voleibol.

fotonoticia_20160623143938_640Hasta quienes acuden en su ayuda, como Felipe González, le reclaman que se levante, que se mueva, que se justifique ante los ciudadanos. Pues no. “¿No habéis dicho que no queréis unas nuevas elecciones? Pues arregladlo vosotros. Votadme y en paz”. Ése es su mensaje. Todo un estímulo para conseguir que le voten quienes dijeron que jamás lo harían; los que reclamaron que abandonara cualquier pretensión de seguir al frente del ejecutivo para ponerse a hablar.

En ese punto se encontrará dentro de unos días con Ciudadanos. Y a partir de ahí cambiarán las conjeturas. Podría ocurrir, tras ese encuentro, que, en vez de pensar en el futuro del país o del gobierno, el susodicho líder tuviera que limitarse a hacerlo sobre el suyo propio, el personal e intransferible.

57616f157283eÉse es, pese al silencio devenido tras las elecciones, el gran asunto pendiente. ¿Hay posibilidades de entendimiento con Rajoy de nuevo al frente del ejecutivo? Hubo un tiempo en el que pareció que no. Y todavía hoy para muchos no cabe otra alternativa: su indecencia (la corrupción protegida en su cuarto trasero y los manejos en las cloacas del estado) exigen su renuncia. Cuestión de dignidad democrática.

El regenerador Ciudadanos tiene ante sí un dilema en el que se juega su propia credibilidad. La ideología les acerca al PP, pero ellos decidieron que la podredumbre les hacía incompatibles. Una vez despejada la incógnita, los demás deberán actuar en consecuencia: si Ciudadanos se niega, el PSOE no encontrará coartadas para eludir el veto. Y si eso es así, la repetición de elecciones dependerá del empecinamiento del presidente en funciones.

Si lo dicho en las campañas anteriores hubiera sido anunciado a efectos de inventario, Rajoy deberá empezar a decidir dónde cede, dónde ajusta su programa a las reclamaciones ajenas, dónde sortea las presiones de Bruselas con pactoslas exigencias en dirección contraria de sus posibles socios o si éstos se pliegan a la vista de las amenazas con que la Comisión castiga el fraude del gobierno de los populares.

Curiosa situación. Ahora que Rajoy se ha quedado sin el ardid de la herencia recibida, su propia herencia vergonzante es reprobada por Europa, pero esa reprobación acosa, no menos, a quienes dentro de España reclaman una rectificación del programa de gobierno que Rajoy ha defendido y propugnado.

O se larga. O cede. O ambas cosas. ¿O…?

Si Ciudadanos y Podemos siguen siendo incompatibles –por los unos, por los otros o por ambos–, cualquier alternativa a un gobierno presidido por el PP se antoja una quimera. Pero si Podemos, que ha calificado a Ciudadanos como el nuevo CDS, rectifica, Albert Rivera volverá a situarse ante su propio espejo. Y a buen seguro encontrará al PP en el reflejo.

Vuelta a empezar.

O echarlo a pies.

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