Está bien. Las fugas del Departamento de Estado USA tienen enorme interés. Celebro, por tanto su publicación, aunque desconozco a quien atribuir el mérito.

Simultáneamente lamento el ejercicio periodístico que ha seguido a dichas fugas. Cabía preverlo, a tenor del progresivo deterioro de la práctica periodística. Sin embargo, ha resultado peor de lo previsible, porque en esta ocasión se trata no solo del quebranto del ejercicio profesional, que parecía imparable, sino también, y sobre todo, del propio concepto del periodismo.

 

La publicación de las fugas no puede considerarse como un incuestionable hecho periodístico, sino como un elemento parcial de extraordinaria importancia para poner en marcha la estricta actividad que corresponde a los periodistas.

Desde esa perspectiva poco bueno se puede decir de quienes confundieron lo uno con lo otro, ya fuera denigrando el interés de las fugas o aceptándolas como puro ejercicio periodístico; es decir, confundiendo una fuente con una noticia.

Estas fugas, en concreto, tienen un valor difícilmente cuestionable para valorar a la diplomacia norteamericana, porque es ella misma la que se desvela, la que se pone en evidencia mediante documentos cuyo secreto consideraban garantizado, la que relata sus actuaciones y la que, a través de ellas, en tanto las justifica o las da por asumidas, evidencia su propia concepción de la actividad diplomática.

Por el contrario, estas fugas tienen un valor relativo para evaluar los comportamientos del resto de los aludidos. Sin embargo, han sido minoría los periodistas que han llamado la atención sobre este aspecto: los más han dado por ciertos los comentarios transcritos.

El periodismo es (¿o era?) otra cosa. A partir de las fugas, los profesionales disponían de un excelente material para desarrollar su labor. No sólo para trasladar a los ciudadanos lo evidente (cómo actúa la diplomacia norteamericana, su prepotencia, su falta de respeto a las instituciones democráticas y sociales de otros países) sino también para alertar sobre la complicidad o negligencia de destacadas instituciones, organismos y altos cargos de esos mismos Estados.

No obstante, en este caso, el que más atención recibe por parte de los medios y los supuestos profesionales del periodismo[1], todas las afirmaciones fugadas responden a intereses de muy diversa índole: políticos, laborales (de quienes suscriben los comunicados) u otros meramente subjetivos.

Confundir una información parcial e interesada con una información contrastada, digna de ser trasladada a los ciudadanos con el aval del periodista veraz, constituye un fraude. El periodista debería haber procedido a separar el grano de la paja, las voces de los ecos; es decir, haber investigado, a partir de la pista abierta por esa fuente, para llegar a la elaboración de una noticia cierta, avalable por él mismo.

No se ha hecho. Aún peor, no parece que se vaya a hacer. A lo sumo, se han escuchado a algunos acusados a los que se ha ofrecido derecho a la defensa. Tampoco es eso el periodismo, aunque a veces dicho ejercicio compensatorio se interprete como un mínimo imprescindible. Pero no puede ser el objetivo.

La utilización de las fugas ha puesto, una vez más, sobre la mesa alguno de los aspectos más controvertidos del periodismo contemporáneo:

¿Por qué un principio básico (que el periodista debe desconfiar de lo que le cuentan, sobre todo, los interlocutores con intereses en la historia concreta), sólo se aplica a quienes no son de la propia cuadra?

Hubo un tiempo en el que el uso de la cámara oculta bastaba para conferir al programade televisión  que la utilizaba el calificativo “de investigación” en el máximo sentido de la expresión, al margen incluso del objeto supuestamente investigado. Porque ese instrumento, se decía, no podía mentir. Y no lo hacía, en el mejor de los casos, sobre los hechos que grababa, aunque por sí mismo no conseguía transformar las opiniones estúpidas en axiomas irrefutables. Algo de esto ha pasado en el caso que nos ocupa: que un documento sea secreto no basta para que sea per se veraz.

La información y, aún más, la reflexión han perdido todo su interés en aras de la confrontación, las opiniones sin matices y el hooliganismo emocional. Para colmo, en esta época investigar requiere dinero, tiempo y una capacidad para sortear dificultades demasiado arduas para las empresas que sufragan los honorarios profesionales y para los profesionales que sólo aspiran a sus honorarios.

Por eso, este caso no sólo pone en evidencia el ejercicio del periodismo sino la concepción que del mismo hemos aceptado.

 

 


[1] Existen prácticas en el ámbito de la comunicación, como las denominadas tertulias, difícilmente compatibles con el estricto ejercicio del periodismo, por mucho prestigio o beneficio que reporten a sus actores.

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