«Viva la libertà». Roberto Andò, 2013

 No ha tenido suerte hasta ahora el siciliano Roberto Andò con la distribución cinematográfica española. Que sepamos, no han llegado a las salas comerciales ninguno de sus tres documentales –uno de ellos, Il cineasta e il labirinto (2004), con intervenciones de críticos, guionistas y directores tan conocidos como Giuseppe Tornatore y Martin Scorsese– ni sus dos largometrajes de ficción: Diario senza date (1995) e Il manuscrito del principe (2000), sobre Giuseppe Tomasi di Lampedusa, autor de la novela El Gatopardo, que inmortalizara para el cine Luchino Visconti en 1963.

La más reciente creación de Andò, inspirada en una novela suya, El trono vacío, de título más ajustado al contenido que el de la película, tiene como protagonista al secretario general del principal partido de la oposición en Italia. Un partido que no se identifica por su nombre ni sus siglas, pero que debe de ser el Partido Comunista o alguno de sus derivados, dado el guiño un tanto críptico que supone la presencia en el despacho de un gran retrato del líder histórico de éste, Enrico Berlinguer.

Acosado por la falta de apoyos que percibe entre los ciudadanos, pero sobre todo entre los miembros de su propia organización, Enrico Oliveri decide esconderse de pronto, yendo a vivir a París, en casa de una antigua novia, hoy casada con un cineasta chino. Su más estrecho colaborador, Andrea Bottini, trata de disimular tan repentina desaparición alegando una misteriosa enfermedad y busca una solución que impida que él y su camarilla pierdan toda su influencia en el partido, frente a la indisimulada hostilidad de varios integrantes del máximo órgano de dirección. De pronto, encuentra una bastante pintoresca, pero que va a erigirse en nervio del relato: resulta que Enrico tiene un hermano gemelo que usa el seudónimo de Giovanni Ernani, escritor aquejado de un trastorno bipolar y recién salido del hospital psiquiátrico donde estaba internado.

Si se aceptan ese forzado juego de desdoblamiento y las inverosimilitudes de guion a las que conduce –el personaje público sólo será reconocido por terceros cuando a los autores les venga bien, por ejemplo–, Viva la libertà, título mantenido en original italiano en España, quizá para que no se confunda con la obra maestra de Jean Renoir aquí llamada Viva la libertad (À nous la liberté, 1931), es una parábola más irónica que ácida sobre el vulgar pragmatismo y el inútil posibilismo, en el fondo conformista, de tantos partidos que se dicen de izquierdas pero que hace mucho que dejaron de entusiasmar a sus militantes, a sus bases más amplias y a la ciudadanía en general.

Porque, frente a la pesada maquinaria oficial del partido y a la inanidad burocrática de sus representantes, Giovanni Ernani es capaz de entusiasmar a sus oyentes con frases sencillas, citas de Bertolt Brecht y apelaciones a la pasión, aunque pronunciadas con una sorprendente frialdad. Ese gusto por la contradicción, al menos aparente, es uno de los problemas que presenta el desarrollo de la película, mucho más estimulante en su planteamiento que en su desenlace.

Preocupados por dar entidad y espesor humano a sus personajes, Andò y su coguionista se pierden en un galimatías de amores compartidos por los dos hermanos en su juventud, simbolismos obtusos como el del baño en la piscina, bromas sin gracia tal que el baile del protagonista –espléndido Toni Servillo en un doble papel nada fácil– con una réplica de Angela Merkel y otras situaciones sin enjundia.

Con todos esos altibajos, lo que parecía una aguda sátira política, de aplicación inmediata a muchos países de una Europa asfixiada en sus planteamientos neoliberales antes de nacer como verdadero espacio común de convivencia, se reduce a una parodia demasiado elemental, sin pulso ni ánimo para llevar hasta el final su propio punto de partida. Simpática sí, y muy oportuna en el tiempo, pero carente de la garra que prometía al proponer la sustitución de un político clásico ya agotado por un loco lleno de ideas y libre de convencionalismos.

Dos comentarios finales, seguramente ineludibles al hablar de esta película. El primero es el parecido de su comienzo con el de la excelente Habemus papam (2011), de Nanni Moretti, donde un inmenso Michel Piccoli interpreta a un pontífice recién elegido que huye del Vaticano ante las responsabilidades que se le vienen encima.

El segundo comentario es una pregunta: a pesar de todas las limitaciones de este caso concreto, ¿por qué en España no se intenta hacer este tipo de cine? Paralelismos no faltan, desde luego.

 

FICHA TÉCNICA

Dirección: Roberto Andò. Guion: Roberto Andò y Angelo Pasquini, sobre la novela del primero, «El trono vacío». Fotografía: Maurizio Calvesi, en color. Montaje: Clelio Benevento. Música: Marco Betta. Intérpretes: Toni Servillo (Enrico Oliveri / Giovanni Ernani), Valerio Mastandrea (Andrea Bottini), Valeria Bruni Tedeschi (Danielle), Michela Cescon (Anna), Gianrico Tedeschi (Furlan), Eric Nguyen (Mung), Andrea Renzi (De Bellis), Judith Davis (Mara). Producción: BiBi Film y Rai Cinema (Italia, 2013). Duración: 94 minutos.

 

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